—Juegos pesados y de mal género, que pueden ser peligrosos.

Camila reía también; pero yo no podía apartar de mi mente aquel ahógale, que me parecía dicho con toda el alma: se me quedó dentro de los oídos como cuando nos entra agua en ellos, y no la podemos extraer, ni atenuar la gran molestia que produce. Salí del baño aturdido y con despecho, que no excluía la vergüenza de haber sido tonto y brutal.

Después, al abandonar la caseta, donde permanecí largo rato procurando serenarme, ví á los dos esposos correteando por la playa y recogiendo conchas como dos inocentes. Nunca había estado mi prima tan hermosa. Los baños de mar habían puesto el sello á su robustez gallarda. Hablando de su apetito, lo pintaba con las hipérboles más graciosas. «Se desayunaría con un cabrito si no fuera de mal tono... Sentía que las chuletas no tuvieran izquierda y derecha para comérselas dos veces... Por punto no devoraba una langosta entera.» Su asnito no le iba en zaga en esto. Ambos tenían coloración tostada y encendida, por efecto del sol, del agua de mar y de aquel apetito de la Edad de Oro. Ambos revelaban el apogeo de la salud y del vigor físico, así como el grado culminante de la alegría, que es consecuencia de aquel feliz estado. El indiferente que les veía y les escuchaba no podía menos de alabar á Dios ante una pareja tan bien dispuesta para los goces y los trabajos humanos, ante aquel admirable tronco que arrastraba sin esfuerzo alguno, relinchando de gusto, el carro de la vida.

III

¿Por qué Camila no era mía? Vamos á ver, ¿por qué? Antojábaseme que habría sido el más feliz de los mortales teniéndola por esposa. No me contentaba con robarla al hogar y al tálamo de otro hombre; quería ganármela legítimamente y tomar posesión de ella ante el mundo y ante Dios. Sí: tal era la mujer que me convenía; Camila, sí, y no otra, pues cuando uno se liga á una mujer para toda la vida, es preciso que ésta lleve en su temperamento aquellos raudales de dicha, aquel reir inefable y aquella santa salud. ¡Qué fatalidad, llegar siempre tarde! La interposición del marmolillo de Miquis me parecía una mala pasada de mi destino. ¡Dios me quería mal, me estaba trasteando y quedándose conmigo! ¡Cuánto disparate! También pensaba mucho en la primera impresión que me causó la señora de Miquis cuando la conocí. ¿Por qué me fué antipática? ¿Por qué la juzgué tan severamente? ¡Ah! Porque en aquellos días yo era idiota; no me quedaba duda de que era el mayor majadero del mundo, pues la misma equivocación que padecí con Camila la tuve con respecto á Eloísa, á quien estimé adornada de mil virtudes sin adivinar su diabólica pasión por el lujo. ¿Y si después de ganar y poseer á Camila, me salía con un defecto semejante? Porque equivocado una vez, equivocado mil y quinientas... No, no: ésta no tenía ninguna chispa del Infierno dentro de sí, como la otra; ésta era la alegría, alma del mundo; la rectitud guardada en el vaso de la jovialidad... Tenía que ser mía en una forma ú otra, y después era indispensable que el marmolillo reventara ó que se le llevaran los demonios, para legitimar mi victoria.

Faltábame aún ensayar otro idilio, puesto que el piscatorio y el campestre no me habían servido de maldita cosa. Les convidé, pues, á dar un paseo por Bayona y Biarritz. Augusto y su mujer y cuñada vendrían también. Brindéles con un viajecito hasta Burdeos; pero no aceptaron. Mi idea era pasarle á Camila por delante de los ojos las tiendas francesas de novedades, y observar, al menos, qué cara ponía, y si era su ánimo completamente inaccesible á cierto género de tentaciones. Cuando íbamos en ferrocarril camino de la frontera, dije á mi borriquita que se comprara lo que quisiese, un par de abrigos de invierno, tres sombreros, media docena de corbatas, dos ó tres vestidos de alta novedad; en fin, que aprovechara la ocasión surtiéndose para todo el año.

—No me lo digas dos veces —contestaba entre carcajadas—: mira que te arruino.

¡Ojalá que quisiera arruinarme! Con secreta satisfacción observé que el aspecto de las tiendas de Bayona la puso seria, que miraba mucho y con atención profunda, que ella y la mujer de Augusto discutían sobre lo que veían. A ruego mío entraban en algunas tiendas, pero sin escoger nada. Augusto hizo algunas compras insignificantes. Yo intenté hacerlas considerables; pero Camila no quería tomar nada, sino de acuerdo con su manchego, que á cada paso consultaba el portamonedas y hacía cuentas tácitas. No pude conseguir que aceptasen nada de lo que les ofrecí. Para obtener alguna ventaja en este terreno, tuve que hacer un regalo general, obsequiando á cada uno de los que formaban la partida.

—Pero vamos á ver, tonta, ¿por qué no te compras este abrigo...? Yo te adelanto el dinero. Ya me lo pagarás cuando puedas. Constantino, ¿no es verdad?

Constantino decía que nones.