—¿A que no? Todavía me atrevería yo á apostar una cosa.

—¿Qué?

—Vamos á ver: una apuesta... ¿A que te chiflas otra vez por mí?

—A que no.

—A que sí.

—Apuesto todo lo que quieras.

Ambos nos echamos á reir, y concluyó por besarme la mano, como hacen los chicos con los curas que encuentran en la calle.

—Quedamos en que mañana te mando á Rafael —me dijo, arreglándose la cabeza delante del espejo.

—Sí: tengo muchos deseos de verle.

—Vamos á ver, con franqueza. ¿Qué tal me encuentras?