—Usted debiera irse al monte por dos ó tres días —le dije.

Y él me contestó, mirando al suelo, que aquello no se remediaba con montes. Su estado físico corría parejas con su abatimiento moral, y la humedad de sus párpados era tan grande, que ni un momento soltaba el pañuelo de la mano.

Encontré á María Juana bastante mejorada al día siguiente, mas no completamente bien. ¡Todavía el maldito paño!... Y apretaba los dientes y reclinaba la cabeza en el sofá, mirándome con cierto desvanecimiento en los ojos.

—Por supuesto —decía de improviso—, he comprendido que Cristóbal tiene razón al no querer que entre aquí ningún trasto de aquella casa. Cristóbal sabe ser generoso. Así se portan los hombres. No harían todos otro tanto.

Y un día después, ya completamente sosegada de los pícaros nervios, me dijo con desabrimiento:

—Al fin creo que Torres se queda con el espejo horizontal y con el cuadro de Sala. Seguramente los tomará por un pedazo de pan, porque esa gente es así. ¡Quién le había de decir á Paca, hace doce años, cuando era doncella de servicio, que iba á tener en su casa tales preciosidades! Es un escándalo cómo sube esta gentuza, y cómo se va apoderando de lo que no les corresponde por su falta de educación.

Paca era la mujer de Torres, y aunque amiga de mi prima, la amistad no obstaba para que ésta la tratase como la trató en aquella ocasión: con increíble menosprecio. Hízome de ella y de sus escasas dotes una pintura cruel: apenas sabía leer; era mucho más ordinaria que No Cabe Más, y únicamente se recomendaba por su falta de pretensiones y lo bien que cuidaba de sus hijos. No tardé en comprender que María Juana le perdonaba á Paca Torres su escasa educación; pero no aquella desvergüenza de acaparar los objetos de gran lujo que habían pertenecido á Eloísa. La mayor de las groserías es la improvisación de la fortuna, y poner las manos sucias, mojadas aún con el agua de un fregadero, en los emblemas de nobleza, pertenecientes por natural derecho á las personas bien nacidas.

VI

Aquel buen ordinario de Medina, en quien yo descubría poco á poco, dicho sea sin vislumbre de malicia, estimables prendas; aquel hombre que era honrado á carta cabal y hacía sus negocios con limpieza, sin ser un acaparador despiadado, como susurraba Torres, empezó á inspirarme una gran antipatía. Esto debió consistir en que yo se la inspiré á él antes, y al conocerlo, las leyes de equilibrio me impulsaron á pagarle en la misma moneda. Pues sí: Medina no me tragaba, y aunque era bastante prudente para no manifestarlo de un modo muy claro, estas cosas siempre salen á la superficie, y es preciso ser tonto para no verlas. Medina encontraba absurdas todas las opiniones mías sobre cualquier punto que discutiéramos, y me contraponía hasta los disparates del propio Barragán. Entre los dos, el uno con su malquerencia, el otro con el candor del asno que no sabe lo que hace, intentaban apabullarme con su desdén... Yo no tenía nunca razón, aunque defendiese el criterio más puro y diáfano; yo estaba ido; veía las cosas bajo el prisma de las preocupaciones, y apoyaba mis argumentos bajo la base de los errores... ¡del materialismo! En fin, que no se abría esta boca ante ellos sin soltar una barbaridad. Llegué á tenerles miedo, francamente, porque Barragán era hombre que increpaba en voz alta y no se mordía la lengua para decir:

—Pero, hijo, usted está en Babia: valiente plancha se ha tirado usted. Al que le enseñó eso, dígale que le devuelva el dinero.