—Vaya, si parece que estoy tonta. ¡Qué cabeza ésta mía! ¿Pues no me iba sin decirte aquello precisamente por que he venido?
—¿Sí? ¿me tenías que decir...?
—Una cosa, sí... lo que más presente tenía.
Se sentó, y yo también, lo más cerquita de ella que pude.
—Pero no —indicó de súbito, mostrando gran confusión y perplejidad, y volviéndose á levantar—. Dije que me marchaba y no me retracto. Coge el sombrero, y por el camino te diré lo que te tenía que decir.
Y calle de Zurbano adelante, pensaba yo así: «Te veo venir. En fin, tú resollarás.»
Lo que me tenía que decir salió ya en lo más bajo de la Ronda de Recoletos. Era que Medina había dado á entender que no le gustaba la frecuencia de mis visitas. No quería esto decir que hubiera malicia en mí. Pero en la vida hay que dejar de hacer á veces las cosas más inocentes para evitar malas interpretaciones. Era imposible que una persona tan sabia, tan filósofa, si es permitido decirlo así, como María Juana, tratase de un punto relacionado con cosas de moral sin dejar de exponer alguna bonita doctrina.
—Nada hay tan sabroso para el alma —declaró— como obligarse á hacer cosas contrarias á nuestro gusto, y recrearse, después de hechas, en ver cuán fácil era lo que nos parecía difícil.
Mostréme conforme con esto, y me volví tan filósofo que no había más que pedir. Sí: yo también me vencía; yo también batallaba día y noche; yo era un atleta que me robustecía moralmente con la gimnasia aquélla de dar bofetadas al pícaro gusto y acoquinarlo y meterlo en un puño... ¡Como que mi prima y yo éramos un par de santos, que á poco que nos esforzáramos íbamos derechos á la canonización! Díjele que admiraba su virtud y su fortaleza como las cosas más peregrinas que había visto en mi vida, y que... en fin, dije muchas cosas, con las cuales me parecía que estaba envolviendo en paja la verdad de mis sentimientos con respecto á ella, para remitirlos en gran velocidad. Yo era el embalador del desprecio que me inspiraba.
Firme en aquel pedestal de filosofía, hablóme de Medina, llamándole el mejor de los hombres. Con cien vidas de abnegación no le pagaría ella el cariño inmenso que él le tenía. Y dispuesta estaba á hacer todos los sacrificios posibles, pues se sentía con fuerzas íntimas capaces de levantar montañas... Por mi parte, yo no me podía quedar atrás en aquello de sojuzgar las pasioncillas. También tenía yo estímulos de virtud tan grandes como la copa de un pino; yo era hombre capaz hasta del heroísmo... Total: que nos despedimos en la calle de Goya, acordando que me convidaría el lunes próximo, y que yo no iría; al otro lunes debía ir, retirándome un ratito después de comer. Algunas tardes podía visitarla, siempre á las horas en que Medina estaba, y nada más, nada más... Esto se llamaba cortar por lo sano.