Y como si su espíritu tomara de improviso con esto una dirección de consuelo, me estrechó mucho la mano diciéndome:
—Joselito... si por casualidad me salvo, ¿me volverás á querer...?
—¡Sí...! de tí depende que te pongas buena pronto, no sofocándote sin motivo.
—Agua; me muero de sed.
Se la dió Camila; y cuando nos quedamos de nuevo solos, díjome que se sentía mejor. Su piel estaba húmeda.
—Ahora te vas á dormir.
—Si soñara que me volvías á querer, creo que despertaría muy mejorada.
Respondíle que podía soñar lo que fuera más de su gusto, y desde aquel momento empezó á calmarse. Quejóse de vivos dolores en la cara; pero no debieron de ser muy fuertes, porque á eso de las dos ya dormía, si bien con inseguro sueño. Salí de la alcoba, rendido de cansancio, y me encontré á mi tía Pilar, profundamente dormida, y á Camila despierta, aunque con mucho sueño. Disputamos, como era natural, sobre quién había de descansar... Que ella, que yo. El reposo de la enferma fué breve, y pronto la oímos que nos llamaba. Micaela y Camila estuvieron más de una hora con ella, dándole medicinas, curándola y mudándole hilas y trapos. Mala noche pasó la infeliz. A la madrugada descabecé un sueño en el despacho de Carrillo, sobre el sofá de cuero, frío y desapacible.
Despertóme, ya entrado el día, una voz que al pronto no conocí. Era la de Constantino, y poco á poco surgió en mitad de mi campo visual la figura de éste, abrutada, tosca y respirando honradez.
—¿Cómo está Eloísa? —le pregunté con susto, sospechando que me iba á dar una mala noticia.