—¿Es ésta la puerta del comedor? —preguntó abriéndola—. ¡Ah! sí, comedor es. Parece una caverna. ¡Qué soledad! Ni mesa ni sillas. ¿Estaban aquí los tapices?...

—Sí: cogían toda la pared, incluso los huecos. Los de la puerta y ventanas se corrían como cortinas cuando empezaba la comida, y entonces no se veía interrupción ninguna. Todo en derredor era tapiz. Efecto bonitísimo.

—¡Sí que lo sería!... —exclamó la ordinaria permitiendo á su cara expresar un interés inmenso—. Otra cosa. ¿Y por dónde entraban los criados á servir?

—Por aquella puerta que ves en el fondo. Pero delante de la puerta estaba el gran aparador. Los criados aparecían por un lado y otro de éste. La puerta no se veía.

—¡Ah!... ¡qué soberbio!... Mira, todavía están los mecheros de gas. ¡Qué elegantes!

—En mi tiempo se encendían. Después...

—Ya, ya recuerdo lo que me dijiste. Muchas velitas... Estoy al tanto.

En esto vimos pasar á Micaela.

—Eh, Micaela. Me parece que ha entrado alguien. ¿La señorita tiene visita?

—Sí, señor. Ahí está la hermana del señor marqués de Cícero, y ese caballero ciego...