En cambio de otras ventajas que el vestir moderno lleva al antiguo, aquellos tenían la de la variedad de tonos. Entonces los colores eran colores, y no como hogaño, variantes de gris, del canelo y de los tintes metálicos. Entonces la gente se vestía de verde, de colorado, de amarillo, y los jardines de la Granja, vistos a lo lejos, eran un prado de pintadas florecillas. El alepín, la cúbica, el tafetán de la reina, el muaré antic, las sargas, la inglesina, el cotepali, ofrecían variedad de bultos y colores. Los parisienses, que en esto de hacer modas se pintan solos, y cuando no pueden inventar formas y colores nuevos les dan nombres extraños, habían lanzado al mundo el color jirafa, el pasa de Corinto, el no menos gracioso La Vallière, el azul Cristina; pero los que verdaderamente merecen un puesto en la historia, son el color ayes de Polonia y el humo de Marengo.
El cuadro de interés indumentario con fondos de verdor académico que hemos trazado, carece aún de ciertos tonos fuertes que echará de menos todo el que hubiera contemplado el original. Con el pincel gordo apuntaremos en los primeros términos algunas manchas de encarnado rabioso, amarillo y pardo, que son las pintorescas sayas de las mujeres del campo venidas de los inmediatos pueblos. La elegancia de estos trajes se pierde en la oscuridad de los tiempos, y a nuestro siglo solo ha llegado una especie de alcachofa de burdos refajos, dentro de la cual, el cuerpo femenino no parece tal cuerpo, sino una peonza que da vuelta sobre los pies, mientras los hombres (aquí es preciso volcar sobre el cuadro toda la pintura negra), fajados y oprimidos dentro de las enjutas chaquetas y los ahogados pantalones y las medias de punto, parecen saltamontes puestos de pie, guardando la cabeza bajo anchísimo queso negro.
El pincel más amanerado nos servirá para apuntar, oscilando sobre esta multitud de cabezas como las llamas de Pentecostés, los pompones de los militares; y si hubiera tiempo y lienzo pondríamos en último término, con tintas graciosas, un zaguanete de alabarderos que, semejante a un ejército de zarzuela, pasa por el jardín precedido de su música de tambor y pífanos. Lejos, más lejos aún que la vaporosa proyección del agua en el aire, ponemos la fachada del palacio, rectilínea, clásica, de formas discretas y limadas como los versos de una oda. ¡Ay!, en el momento en que lo contemplamos, gran gentío de cortesanos, militares y personajes de todas las categorías entra y sale por las tres grandes puertas del centro con afán oficioso. De pronto el murmullo alegre de las fuentes cesa, y todas dejan de correr. El agua vacila en los aires, los chorros se truncan, se desmayan, descienden, caen, como castillos fantásticos deshechos por la luz de la razón, y en estanques y tazones se extingue el último silbido de los surtidores, que vuelven a esconderse en sus misteriosas cañerías. En los jardines reina un estupor lúgubre; la gente se para, pregunta, contesta, murmura, y de boca en boca van pasando, como chispazos de pólvora fugaz, estas palabras: «El rey se muere, el rey se muere».
Las puertas del palacio se abren de par en par. Entremos.
XXXI
—Se ha fijado la gota en el pecho...
—Así parece.
—Peligro inminente..., ¡muerte!
—El Señor lo dispone así...
El que tal dijo (y lo dijo con el aplomo del que está en los secretos de Dios y mantiene relaciones absolutamente familiares con Él) era un anciano corpulento, recio y hasta majestuoso, vestido de luengas ropas moradas. Parecía la efigie de un santo doctor bajado de los altares, y sus palabras querían tener una autoridad semidivina. Hablaba dogmáticamente y no admitía réplica. Era obispo y aragonés.