Al día siguiente cobró Fernando algunas fuerzas, y serenándose su mente empezó a comprender la infame sorpresa de que había sido víctima. No obstante, todavía los reyes legítimos estaban en Palacio como cohibidos por la gente apostólica, cuyo poder era grande aún, a pesar de la situación desfavorable en que se encontraban. Esperábales todavía el golpe de gracia, que había de darles muerte en la esfera cortesana, cerrándoles todo camino que no fuera el de la guerra. En la madrugada del 22 llegó a San Ildefonso la infanta Carlota, esposa del infante don Francisco y hermana de Cristina, mujer resuelta, varonil, desparpajada, libre y francota de palabras, alta, airosa y algo manolesca de figura, valerosa hasta lo sumo, y tan ardiente de genio que, según pública opinión, trataba despóticamente, cuando el caso lo requería, a las personas ligadas a ella por el parentesco más íntimo. Odiaba con toda su alma a las dos princesas brasileñas, doña Francisca y la de Beira, y este aborrecimiento podrá explicar mejor que ninguna razón política la guerra que había declarado a los apostólicos. ¡Formidable influencia de la mujer en el destino de los pueblos! Los hombres, pensando, plantean las teorías y los sistemas, crean los partidos; las mujeres, amando o aborreciendo, determinan la acción. Comparando la historia con un drama, el hombre es el histrión y la mujer el autor. No ha existido ningún gran suceso político que no haya venido a la historia impulsado por manos femeninas, y esa académica nave del Estado de que tanto hablan los tratados políticos, no navegaría las más de las veces si no tiraran de ella las voladoras palomitas de Venus.
Doña Carlota entró en Palacio hablando a gritos, tratando con modales bruscos a todo el mundo, gentilhombres y damas; presentose a su hermana, y después de abrazarla la llamó tonta unas veinte veces. El testigo presencial de estas escenas, que ya no eran de tragedia ni de drama, sino de opereta, cuenta que como Cristina y Carlota hablaban acaloradamente en italiano, no era posible a los presentes entender bien lo que decían; solo comprendían algunas palabras, como sciocca, pazza, regina de gallería... sceleratezza... Después la infanta descansó un momento, y a hora avanzada de la mañana anunció que recibiría a los ministros y demás personajes que quisieran cumplimentarla. Cuando Calomarde y el conde de la Alcudia entraron, doña Carlota afectó serenidad y preguntó al ministro de Gracia y Justicia la razón de haber revelado el secreto del codicilo, contra lo dispuesto por Su Majestad. Tembloroso y cortado, don Tadeo se excusó con el letargo del rey, que parecía muerto.
—Su Majestad —dijo doña Carlota disimulando su ira— quiere recoger el original del codicilo, y me encarga decir a usted que lo presente ahora mismo.
El ministro se inclinó, saliendo en busca de lo que se le pedía. Entre tanto, los que no se habían manifestado muy claramente partidarios del infante, se reunían en la cámara. En pie y moviéndose sin cesar de un lado para otro, altiva, nerviosa, respirando fuerte, doña Carlota parecía que imaginaba crueldades y violencias impropias de mujer y de princesa. Los circunstantes no le dijeron nada, y Cristina misma, con ojos encendidos de tanto llorar, el seno palpitante, enmudecía ante la arrogantísima actitud de aquella nueva Semíramis.
Cuando Calomarde entregó a la infanta el manuscrito que tantos desvelos y fingimiento había costado a los apostólicos, Carlota no se tomó el trabajo de leerlo y lo rasgó con furia en multitud de pedazos. Con el mismo desprecio y enojo con que arrojó al suelo los trozos de papel, echó sobre la persona del ministro estas duras palabras, que no suelen oírse en boca de príncipes:
—Vea usted en lo que paran sus infamias. Usted ha engañado, usted ha sorprendido a Su Majestad abusando de su estado moribundo; usted, al emplear tales medios para esta traición, ha obrado en conformidad con su carácter de siempre, que es la bajeza, la doblez, la hipocresía.
Rojo como una amapola, si es permitido comparar el rubor de un ministro a la hermosura de una flor campesina, Calomarde bajó los ojos. Aquella furibunda y no vista humillación del tiranuelo era el contrapeso de sus nueve años de insolente poder. En su cobardía quiso humillarse más, y balbució algunas palabras.
—Señora..., yo...
—Todavía —exclamó la Semíramis borbónica en la exaltación de su ira—, todavía se atreve usted a defenderse, y a insultarnos con su presencia y con sus palabras. Salga usted inmediatamente.
Ciega de furor, dejándose arrebatar de sus ímpetus de coraje, la infanta dio algunos pasos hacia Su Excelencia, alzó el membrudo brazo, disparó la mano carnosa... ¡Plaf! Sobre los mofletes del ministro resonó la más soberana bofetada que se ha dado jamás.