—Ese se pone siempre fuera de tiro. Ya marchó a Francia por miedo a la chamusquina que les espera. ¡Ah! Señor Monsalud, si no es usted hombre de corazón, no venga con nosotros. Cuando entremos en la Seo, no pienso perdonar ni a las moscas. El Trapense, al tomar esta plaza, pasó a cuchillo la guarnición. Yo pienso hacer lo mismo.
—¿A qué cuerpo me destina mi general?
—A la contraguerrilla del Cojo de Lumbier. Es un puñado de valientes que vale todo el oro del mundo.
—¿En dónde está?
—Hacia Fornals, vigilando siempre la ciudadela. Los contraguerrilleros del Cojo han jurado morir todos o entrar en la ciudadela antes de la Candelaria. Me inspiran tal confianza, que les he dicho: «No tenéis que poneros delante de mí sino para decirme que la ciudadela es nuestra.»
—Entrarán, entraremos de seguro —dijo Monsalud con entusiasmo.
—Y ya les he leído muy bien la cartilla —añadió Mina—. Ya les he cantado muy claro que no tienen que hacerme prisioneros. No doy cuartel a nadie, absolutamente a nadie. Esa turba de sacristanes y salteadores no merece ninguna consideración militar.
—Es decir...
—Que me haréis el favor de pasarme a cuchillo a toda esa gavilla de tunantes... Amigo mío, la experiencia me ha demostrado que esta guerra no se sofoca sino por la ley del exterminio, llevada a su último extremo.
Salvador, oyendo esto, se estremeció, y por largo rato no pudo apartar de su pensamiento la lúgubre fase que tomaba la guerra desde que él imaginó poner su mano en ella.