En el invierno del mismo año se realizaron las predicciones que yo, por no poder darle consejos, había hecho al mismo Eguía, y fue que habiendo convocado de orden del rey a otros personajes absolutistas para trabajar en comunidad, se desavinieron de tal modo, que aquello más que junta parecía la dispersión de las gentes. Cada cual pensaba de distinto modo, y ninguno cedía en su terca opinión. A esta variedad en los pareceres y terquedad para sostenerlos llamo yo enjaezar los entendimientos a la calesera, es decir, a la española. El marqués de Mataflorida[2] proponía el establecimiento del absolutismo puro. Balmaseda, comisionado por el gobierno francés para tratar este asunto, también estaba por lo despótico, aunque no en grado tan furioso; Morejón se abrazaba a la Carta francesa; Eguía sostenía el veto absoluto y las dos Cámaras, a pesar de no saber lo que eran una cosa y otra, y Saldaña, nombrado como una especie de quinto en discordia, no se resolvía ni por la tiranía entera ni por la tiranía a media miel.
[2] Conocido por don Buenaventura en las Memorias de un cortesano y en La segunda casaca.
Entre tanto, el gobierno francés concedió a Eguía algunos millones, de los cuales podría dar cuenta si viviese la hermosa pastelera. Dios me perdone el mal juicio; pero casi podría jurar que de aquel dinero, solo algunas sumas insignificantes pasaron a manos de los pobres guerrilleros, tan bravos como desinteresados, que desnudos, descalzos y hambrientos, levantaban el glorioso estandarte de la fe y de la monarquía en las montañas de Navarra o de Cataluña.
Las bajezas, la ineptitud y el despilfarro de los comisionados secretos de Su Majestad no cesaron hasta que apareció en Bayona, también con poderes reales, el gran pájaro de cuenta llamado don Antonio Ugarte, a quien no vacilo en designar como el hombre más listo de su época.
Yo le había tratado en Madrid el año 19. Él me estimaba en gran manera, y, como Eguía, me visitaba a menudo, pero sin revelarme sus planes. Desde que se encargó de manejar la conspiración, seguíala yo con marcado interés, segura de su éxito, aunque sin sospechar que le prestaría mi concurso activo en término muy breve. Un día Ugarte me dijo:
—No se encuentra un solo hombre que sirva para asuntos delicados. Todos son indiscretos, soplones y venales. ¿Ve usted lo que trabajo aquí por orden de Su Majestad? Pues es nada en comparación de lo que me dan que hacer las intrigas y torpezas de mis propios colegas de conspiración. No me fío de ninguno, y en el día de hoy, teniendo que enviar un mensaje muy importante, estoy como Diógenes, buscando un hombre sin poder encontrarlo.
—Pues busque usted bien, señor don Antonio —le respondí—, y quizás encuentre una mujer.
Ugarte no daba crédito a mi determinación; pero tanto le encarecí mis deseos de ser útil a la causa del rey y de la religión, que al fin convino en fiarme sus secretos.
—Efectivamente, Jenara —me dijo—: una dama podrá desempeñar mejor que cualquier hombre tan delicado encargo, si reúne a la belleza y gallarda compostura de su persona un valor a toda prueba.
En seguida me reveló que en Madrid se preparaba un esfuerzo político, es decir, un pronunciamiento, en el cual tomaría parte la Guardia real con toda la tropa de línea que se pudiese comprometer; pero añadió que desconfiaba del éxito si no se hacían con mucho pulso los trabajos, tratando de combinar el movimiento cortesano con una ruidosa algarada de las partidas del norte. Discurriendo sobre este negocio, me mostró su grandísima perspicacia y colosal ingenio para conspirar, y después me instruyó prolijamente de lo que yo debía hacer en Madrid, del arte con que debía tratar a cada una de las personas para quienes llevaba delicados mensajes, con otras muchas particularidades que no son de este momento. Casi toda mi comisión era enteramente confidencial y personal, quiero decir que el conspirador me entregó muy poco papel escrito; pero, en cambio, me repitió varias veces sus instrucciones para que, reteniéndolas en la memoria, obrase con desembarazo y seguridad en las difíciles ocasiones que me aguardaban.