Al decir esto, Golfín, descubriendo nuevamente sus ojos a la luz y auxiliándoles con anteojos hábilmente graduados, le ponía en comunicación con la belleza visible.

—¡Oh! Dios mío... ¿esto que veo es la Nela?—exclamó Pablo con entusiasta admiración.

—Es tu prima Florentina.

—¡Ah!—dijo el joven lleno de confusión—. Es mi prima.... Yo no tenía idea de una hermosura semejante.... Bendito sea el sentido que permite gozar de esta luz divina. Prima mía, eres como una música deliciosa, eso que veo me parece la expresión más clara de la armonía.... ¿Y la Nela dónde está?

—Tiempo tendrás de verla—dijo D. Francisco lleno de gozo—. Sosiégate ahora.

—¡Florentina, Florentina!—repitió el ciego con desvarío—. ¿Qué tienes en esa cara que parece la misma idea de Dios puesta en carnes? Estás en medio de una cosa que debe de ser el sol. De tu cara salen unos como rayos... al fin puedo tener idea de cómo son los ángeles... y tu cuerpo, tus manos, tus cabellos vibran mostrándome ideas preciosísimas... ¿qué es esto?

—Principia a hacerse cargo de los colores—murmuró Golfín—. Quizás vea los objetos rodeados con los colores del iris. Aún no posee bien la adaptación a las distancias.

—Te veo dentro de mis propios ojos—añadió Pablo—. Te fundes con todo lo que pienso, y tu persona visible es para mí como un recuerdo. ¿Un recuerdo de qué? Yo no he visto nada hasta ahora.... ¿Habré vivido antes de esta vida? No lo sé; pero yo tenía noticias de esos tus ojos. Y tú, padre, ¿dónde estás? ¡Ah!, ya te veo. Eres tú... se me representa contigo el amor que te tengo.... ¿Pues y mi tío?... Ambos os parecéis mucho.... ¿En dónde está el bendito Golfín?

—Aquí... en la presencia de su enfermo—dijo Teodoro presentándose—. Aquí estoy más feo que Picio.... Como usted no ha visto aún leones ni perros de Terranova, no tendrá idea de mi belleza.... Dicen que me parezco a aquellos nobles animales.

—Todos son buenas personas—dijo Pablo con gran candor—; pero mi prima a todos les lleva inmensa ventaja.... ¿Y la Nela?, por Dios, ¿no traen a la Nela?