Florentina, a pesar de no ser sabihonda, algo creyó entender de lo que en su original estilo había dicho Golfín. También ella iba a hacer sus observaciones sobre aquel tema; pero en el mismo instante despertó la Nela. Sus ojos se revolvieron temerosos observando toda la estancia, después se fijaron alternativamente en las dos personas que la contemplaban.

—¿Nos tienes miedo?—le dijo Florentina dulcemente.

—No señora, miedo no—balbució la Nela—. Usted es muy buena. El Sr. D. Teodoro también.

—¿No estás contenta aquí? ¿Qué temes?

Golfín le tomó una mano.

—Háblanos con franqueza—le dijo—¿a cuál de los dos quieres más, a Florentina o a mí?

La Nela no contestó. Florentina y Golfín sonreían; pero ella guardaba una seriedad taciturna.

—Oye una cosa, tontuela—prosiguió el médico—. Ahora has de vivir con uno de nosotros. Florentina se queda aquí, yo me marcho. Decídete por uno de los dos. ¿A cuál escoges?

Marianela dirigió sus miradas de uno a otro semblante, sin dar contestación categórica. Por último se detuvieron en el rostro de Golfín.

—Se me figura que soy yo el preferido.... Es una injusticia, Nela; Florentina se va a enojar.