—Uno, dos, tres, cuatro.... ¡Yo me muero!
—Quita, quita—dijo Florentina, poniéndose en pie, y haciendo levantar tras ella a su primo—. Señor doctor, ríñale usted.
Teodoro gritó:
—¡Pronto... esa venda en los ojos, y a su cuarto, joven!
Confuso volvió el joven su rostro hacia aquel lado. Tomando la visual recta vio al doctor junto al sofá de paja cubierto de mantas.
—¿Está usted ahí, Sr. Golfín?—dijo acercándose en línea recta.
—Aquí estoy—repuso Golfín seriamente. Creo que debe usted ponerse la venda y retirarse a su habitación. Yo le acompañaré.
—Me encuentro perfectamente.... Sin embargo, obedeceré... Pero antes déjenme ver esto.
Observaba la manta y entre las mantas una cabeza cadavérica y de aspecto muy desagradable. En efecto, parecía que la nariz de la Nela se había hecho más picuda, sus ojos más chicos, su boca más insignificante, su tez más pecosa, sus cabellos más ralos, su frente más angosta. Con los ojos cerrados, el aliento fatigoso, entreabiertos los cárdenos labios, la infeliz parecía hallarse en la postrera agonía, síntoma inevitable de la muerte.
—¡Ah!—dijo Pablo—mi tío me dijo que Florentina había recogido una pobre.... ¡Qué admirable bondad!... Y tú, infeliz muchacha, alégrate, has caído en manos de un ángel.... ¿Estás enferma? En mi casa no te faltará nada.... Mi prima es la imagen más hermosa de Dios.... Esta pobrecita está muy mala, ¿no es verdad, doctor?