Florentina se acercó derramando lágrimas, para examinar el rostro de la Nela, y Golfín que la observaba como hombre y como sabio, pronunció estas lúgubres palabras.

—¡La mató! ¡Maldita vista suya!

Y después mirando a Pablo con severidad le dijo:

—Retírese usted.

—Morir... morirse así sin causa alguna.... Esto no puede ser—exclamó Florentina con angustia, poniendo la mano sobre la frente de la Nela—. ¡María!... ¡Marianela!

La llamó repetidas veces, inclinada sobre ella, mirándola como se mira y como se llama desde los bordes de un pozo a la persona que se ha caído en él y se sumerge en las hondísimas y negras aguas.

—No responde—dijo Pablo con terror.

Golfín tentaba aquella vida próxima a su extinción y observó que bajo su tacto aún latía la sangre.

Pablo se inclinó sobre ella, acercó sus labios al oído de la moribunda y gritó:

—¡Nela, Nela, amiga querida!