—No—dijo Teodoro, tocando a la Nela—. Aún hay aquí algo; pero es tan poco, que parece ha desaparecido ya su alma y han quedado sus suspiros.
—¡Dios mío!...—exclamó la de Penáguilas, empezando una oración.
—¡Oh!, ¡desgraciado espíritu!—murmuró Golfín—. Es evidente que estaba muy mal alojado....
Los dos la observaron muy de cerca.
—Sus labios se mueven—gritó Florentina.
—Habla.
Sí, los labios de la Nela se movieron. Había articulado una, dos, tres palabras.
—¿Qué ha dicho?
—¿Qué ha dicho?
Ninguno de los dos pudo comprenderlo. Era sin duda el idioma con que se entienden los que viven la vida infinita.