—¿No verías con gusto que tu amito recibía de Dios el don de la vista?
La muchacha no contestó nada. Después de una pausa, dijo:
—¡Divino Dios! Eso es imposible.
—Imposible no, aunque difícil.
—El ingeniero director de las minas ha dado esperanzas al padre de mi amo.
—¿D. Carlos Golfín?
—Sí, señor. D. Carlos tiene un hermano médico que cura los ojos, y, según dicen, da vista a los ciegos, arregla a los tuertos y les endereza los ojos a los bizcos.
—¡Qué hombre más hábil!
—Sí, señor; y como ahora el médico anunció a su hermano que iba a venir, su hermano le escribió diciéndole que trajera las herramientas para ver si le podía dar vista a Pablo.
—¿Y ha venido ya ese buen hombre?