—¡Madre de Dios divino! ¡Qué calladas tenías esas picardías!—dijo la Nela abriendo más las conchas de su estuche y echando fuera toda la cabeza.
—¿Pero tú me tienes por bobo?... ¡Ay! Nelilla, estoy rabiando. Yo no puedo vivir así, yo me muero en las minas. ¡Córcholis! Paso las noches llorando, y me muerdo las manos, y... no te asustes, Nela, ni me creas malo por lo que voy a decirte: a ti sola te lo digo.
—¿Qué?
—Que no quiero a mi madre ni a mi padre como los debiera querer.
—Ea, pues si haces eso, no te vuelvo a dar un real. Celipín, por amor de Dios, piensa bien lo que dices.
—No lo puedo remediar. Ya ves cómo nos tienen aquí. ¡Córcholis! No somos gente, sino animales. A veces se me pone en la cabeza que somos menos que las mulas, y yo me pregunto si me diferencio en algo de un borrico.... Coger una cesta llena de mineral y echarla en un vagón; empujar el vagón hasta los hornos; revolver con un palo el mineral que se está lavando. ¡Ay!... (al decir esto los sollozos cortaban la voz del infeliz muchacho). ¡Cór... córcholis!, el que pase muchos años en este trabajo, al fin se ha de volver malo, y sus sesos serán de calamina.... No, Celipín no sirve para esto.... Les digo a mis padres que me saquen de aquí y me pongan a estudiar, y responden que son pobres y que yo tengo mucha fantesía. Nada, nada, no somos más que bestias que ganamos un jornal.... ¿Pero tú no me dices nada?
La Nela no respondió... Quizás comparaba la triste condición de su compañero con la suya propia, hallando esta infinitamente más aflictiva.
—¿Qué quieres tú que yo te diga?—replicó al fin—. Como yo no puedo ser nunca nada, como yo no soy persona, nada te puedo decir.... Pero no pienses esas cosas malas, no pienses eso de tus padres.
—Tú lo dices por consolarme; pero bien ves que tengo razón... y me parece que estás llorando.
—Yo no.