—Grande, grandísimo, tan grande, que se estará mirando todo un día sin acabarlo de ver, ¿no es eso?
—No se ve sino un pedazo como el que coges dentro de la boca cuando le pegas una mordida a un pan.
—Ya, ya comprendo. Todos dicen que ninguna hermosura iguala a la del mar, por causa de la sencillez que hay en él.... Oye, Nela, lo que voy a decirte.... ¿Pero qué haces?
La Nela, agarrando con ambas manos la rama del nogal, se suspendía y balanceaba graciosamente.
—Aquí estoy, señorito mío. Estaba pensando que por qué no nos daría Dios a nosotras las personas alas para volar como los pájaros. ¡Qué cosa más bonita que hacer zas, y remontarnos y ponernos de un vuelo en aquel pico que está allá entre Ficóbriga y el mar!...
—Si Dios no nos ha dado alas; en cambio nos ha dado el pensamiento, que vuela más que todos los pájaros, porque llega hasta el mismo Dios.... Dime tú, ¿para qué querría yo alas de pájaro, si Dios me hubiera negado el pensamiento?
—Pues a mí me gustaría tener las dos cosas. Y si tuviera alas, te cogería en mi piquito para llevarte por esos mundos y subirte a lo más alto de las nubes.
El ciego alargó su mano hasta tocar la cabeza de la Nela.
—Siéntate junto a mí. ¿No estás cansada?
—Un poquitín—replicó ella, sentándose y apoyando su cabeza con infantil confianza en el hombro de su amo.