—Me estoy mirando en el agua, que es como un espejo—replicó con la mayor inocencia, delatando su presunción.

—Tú no necesitas mirarte. Eres hermosa como los ángeles que rodean el trono de Dios.

El alma del ciego llenábase de entusiasmo y fervor.

—El agua se ha puesto a temblar—dijo la Nela—y no me veo bien, señorito. Ella tiembla como yo. Ya está más tranquila, ya no se mueve.... Me estoy mirando... ahora.

—¡Qué linda eres! Ven acá, niña mía—añadió el ciego, extendiendo sus brazos.

—¡Linda yo!—dijo ella llena de confusión y ansiedad—. Pues esa que veo en el estanque no es tan fea como dicen. Es que hay también muchos que no saben ver.

—Sí, muchos.

—¡Si yo me vistiese como se visten otras!...—exclamó la Nela con orgullo.

—Te vestirás.

—¿Y ese libro dice que yo soy bonita?—preguntó la Nela apelando a todos los recursos de convicción.