—¡Madre de Dios!, ¡qué feísima soy!
—¿Qué dices, Nela? Me parece que he oído tu voz.
—No decía nada, niño mío.... Estaba pensando... sí, pensaba que ya es hora de volver a tu casa. Pronto será hora de comer.
—Sí, vamos, comerás conmigo, y esta tarde saldremos otra vez. Dame la mano, no quiero que te separes de mí.
Cuando llegaron a la casa, D. Francisco Penáguilas estaba en el patio, acompañado de dos caballeros. Marianela reconoció al ingeniero de las minas y al individuo que se había extraviado en la Terrible la noche anterior.
—Aquí están—dijo—el señor ingeniero y su hermano, el caballero de anoche.
Miraban los tres hombres con visible interés al ciego que se acercaba.
—Hace rato que te estamos esperando, hijo mío—dijo el padre tomando a su hijo de la mano y presentándole al doctor.
—Entremos—dijo el ingeniero.
—¡Benditos sean los hombres sabios y caritativos!—exclamó el padre, mirando a Teodoro—. Pasen ustedes, señores. Que sea bendito el instante en que ustedes entran en mi casa.