—No, es que lloras. Pues has de saber que me lo decía el corazón. Tú eres la misma bondad; tu alma y la mía están unidas por un lazo misterioso y divino: no se pueden separar, ¿verdad? Son dos partes de una misma cosa, ¿verdad?
—Verdad.
—Tus lágrimas me responden más claramente que cuanto pudieras decir. ¿No es verdad que me querrás mucho lo mismo si me dan vista que si continúo privado de ella?
—Lo mismo, sí, lo mismo—dijo la Nela con vehemencia y turbación.
—¿Y me acompañarás?...
—Siempre, siempre.
—Oye tú—exclamó el ciego con amoroso arranque—si me dan a escoger entre no ver y perderte, prefiero....
—Prefieres no ver.... ¡Oh! ¡Madre de Dios divino, qué alegría tengo dentro de mí!
—Prefiero no ver con los ojos tu hermosura, porque yo la veo dentro de mí clara como la verdad que proclamo interiormente. Aquí dentro estás, y tu persona me seduce y enamora más que todas las cosas.
—Sí, sí, sí—afirmó la Nela con desvarío—yo soy hermosa, soy muy hermosa.