Al oír su nombre, la muchacha se mostró toda turbada y ruborosa.
—¿Qué haces ahí, loca?—repitió la dama—. Coge a Lili y tráemelo... ¡Válgame Dios, lo que inventa esta criatura! Miren dónde se ha ido a meter. Tú tienes la culpa de que Lili haya bajado.... ¡Qué cosas le enseñas al animalito! Por tu causa es tan mal criado y tan antojadizo.
—Esa muchacha es de la piel de Barrabás—dijo D. Carlos a su hermano—. Mira dónde se ha ido a poner.
Mientras esto se decía en el borde de la Trascava, la Nela había emprendido allá abajo la persecución de Lili, el cual, más travieso y calavera en aquel día que en ningún otro de su monótona existencia, huía de las manos de la chicuela. Gritábale la dama, exhortándole a ser juicioso y formal; pero él, poniendo en olvido las más vulgares nociones del deber, empezó a dar brincos y a mirar con descaro a su ama, como diciéndole: «Señora, ¿quiere usted irse a paseo y dejarme en paz?»
Al final Lili dio con su elegante cuerpo en medio de las zarzas que cubrían la boca de la cueva, y allí la mantita de que iba vestido fuele de grandísimo estorbo. El animal, viéndose imposibilitado de salir de entre la maleza, empezó a ladrar pidiendo socorro.
—¡Que se me pierde, que se me mata!—exclamó gimiendo Sofía—. Nela, Nela, si me lo sacas, te doy un perro grande; sácalo... ve con cuidado.... Agárrate bien.
La Nela se deslizó intrépidamente, poniendo su pie sobre las zarzas y robustos hinojos que tapaban el abismo; y sosteniéndose con una mano en las asperezas de la peña, alargó la otra hasta pillar el rabo de Lili, con lo cual le sacó del aprieto en que estaba. Acariciando al animal, subió triunfante a los bordes del embudo.
—Tú, tú, tú tienes la culpa—díjole Sofía de mal talante, aplicándole tres suaves coscorrones—porque si no te hubieras metido allí... Ya sabes que va tras de ti donde quiera que te encuentra.... ¡Qué buena pieza!
Y luego, besando al descarriado animal y administrándole dos nalgadas, después de cerciorarse de que no había padecido nada de fundamento en su estimable persona, le arregló la mantita, que se le había puesto por montera, y lo entregó a Nela, diciéndole:
—Toma, llévalo en brazos, porque estará cansado, y estas largas caminatas pueden hacerle daño. Cuidado.... Anda delante de nosotros.... Cuidado, te repito.... Mira que voy detrás observando lo que haces.