-XI-
El patriarca de Aldeacorba
—Ya la están ordeñando—dijo antes de saludarles—. Supongo que todos tomarán leche. ¿Cómo va ese valor, doña Sofía?... ¿Y usted, D. Teodoro?... ¡Buena carga se ha echado a cuestas! ¿Qué tiene María Canela?... una patita mala. ¿De cuándo acá gastamos esos mimos?
Entraron todos en el patio de la casa. Oíanse los graves mugidos de las vacas que acababan de entrar en el establo, y este rumor, unido al grato aroma campesino del heno que los mozos subían al pajar, recreaba dulcemente los sentidos y el ánimo.
El médico sentó a la Nela en un banco de piedra, y ella, paralizada por el respeto, no se atrevía a hacer movimiento alguno y miraba a su bienhechor con asombro.
—¿En dónde está Pablo?—preguntó el ingeniero.
—Acaba de bajar a la huerta—replicó el señor de Penáguilas, ofreciendo una rústica silla a Sofía—. Mira, Nela, ve y acompáñale.
—No, no quiero que ande todavía—objetó Teodoro, deteniéndola—. Además va a tomar leche con nosotros.
—¿No quiere usted ver a mi hijo esta tarde?—preguntó el señor de Penáguilas.
—Con el examen de ayer me basta—replicó Golfín—. Puede hacerse la operación.
—¿Con éxito?