—Bien, Sr. D. Manuel. ¿Y usted, cómo está?—repuso Mariquilla, sin apartar los ojos de Florentina.
—Yo tan campante, ya ves tú. Esta es mi hija. ¿Qué te parece?
Florentina corría detrás de una mariposa.
—Hija mía, ¿a dónde vas?, ¿qué es eso?—dijo el padre, visiblemente contrariado—. ¿Te parece bien que corras de ese modo detrás de un insecto como los chiquillos vagabundos?... Mucha formalidad, hija mía. Las señoritas criadas entre la buena sociedad no hacen eso... no hacen eso....
D. Manuel tenía la costumbre de repetir la última frase de sus párrafos o discursos.
—No se enfade usted, papá—repitió la joven, regresando después de su expedición infructuosa hasta ponerse al amparo de las alas del sombrero paterno—. Ya sabe usted que me gusta mucho el campo y que me vuelvo loca cuando veo árboles, flores, praderas. Como en aquella triste tierra de Campó donde vivimos no hay nada de esto....
—¡Oh! No hables mal de Santa Irene de Campó, una villa ilustrada, donde se encuentran hoy muchas comodidades y una sociedad distinguida. También han llegado allá los adelantos de la civilización... de la civilización. Andando a mi lado juiciosamente puedes admirar la Naturaleza; yo también la admiro sin hacer cabriolas como los volatineros. A las personas educadas entre una sociedad escogida se las conoce sólo por el modo de andar y por el modo de contemplar los objetos todos. Eso de estar diciendo a cada instante: «¡ah!, ¡oh!... ¡qué bonito!... ¡Mire usted, papá!», señalando a un helecho, a un roble, a una piedra, a un espino, a un chorro de agua, no es cosa de muy buen gusto.... Creerán que te has criado en algún desierto.... Con que anda a mi lado.... La Nela nos dirá por dónde volveremos a casa, porque a la verdad, yo no sé dónde estamos.
—Tirando a la izquierda por detrás de aquella casa vieja—dijo la Nela—se llega muy pronto.... Pero aquí viene el Sr. D. Francisco.
En efecto, apareció D. Francisco gritando:
—Que se enfría el chocolate....