—Señora—murmuró la Nela—yo no la aborrezco a usted, no... no la aborrezco.... Al contrario, la quiero mucho, la adoro.

Diciéndolo, tomó el borde del vestido de Florentina, y llevándolo a sus secos labios lo besó ardientemente.

—¿Y quién puede creer que me aborreces?—dijo la de Penáguilas llena de confusión—. Ya sé que me quieres. Pero me das miedo... levántate.

—Yo la quiero a usted mucho, la adoro—repitió Marianela besando los pies de la señorita—pero no puedo, no puedo....

—¿Qué no puedes?... Levántate, por amor de Dios.

Florentina extendió sus brazos para levantarla; pero sin necesidad de ser sostenida, la Nela levantóse de un salto, y poniéndose rápidamente a bastante distancia, exclamó bañada en lágrimas:

—No puedo, señorita mía, no puedo.

—¿Qué?... ¡por Dios y la Virgen!... ¿qué te pasa?

—No puedo ir allá.

Y señaló la casa de Aldeacorba, cuyo tejado se veía a lo lejos entre los árboles.