Los tres chicos se reían, mostrando sus dentaduras sanas y frescas: sin duda les hacía mucha gracia la estantigua que tenían delante. Ninguno de ellos supo quién era el Estado, y tuvo Villaamil que explicárselo en esta forma:
—Pues el Estado es el mayor enemigo del género humano, y á todo el que coge por banda lo divide... Mucho ojo... sed siempre libres, independientes, y no tengáis cuenta con nadie.
Uno de los mozos sacó la vara del cinto y dió con ella tan fuerte golpe sobre la mesa, que por poco la parte en dos, gritando:
—Patrona, que tenemos mucha hambre. Por vida del condenado Solimán... Vengan esas magras.
Á Villaamil le cayó en gracia esta viveza de genio, y admiró la juventud, la sangre hirviente de los tres muchachos. El tabernero les rogó que esperasen minutos, y les puso delante pan y vino para que fueran matando el gusanillo. Pagó entonces Villaamil, y el tabernero, ya muy sorprendido de sus maneras originales, y teniéndole por tocado, se corrió á ofrecerle una copita de Cariñena. Aceptó el cesante, reconocido á tanta bondad, y tomando la copa y levantándola en alto, «brindó por la prosperidad del establecimiento». Los quintos berrearon:
—¡Madrid, cinco minutos de parada y fonda!... ¡Viva la Nastasia, la Bruna, la Ruperta y toas las mozas de Daganzo de Arriba!
Y como Villaamil elogiase, al despedirse del tabernero con mucha finura, el buen servicio y lo bien condimentado del guiso, el dueño le contestó:
—No hay otra como ésta. Fíjese en el rétulo: La Viña del Señor.
—No, si yo no he de volver. Mañana estaré muy lejos, amigo mío. Señores (volviéndose á los chicos y saludándoles sombrero en mano), conservarse. Gracias; que les aproveche... Y no olviden lo que les he dicho... ser libres, ser independientes... como el aire. Véanme á mí. Me pongo al Estado por montera... Hasta ahora...
Salió arrastrando la capa, y uno de los mozos se asomó á la puerta gritando: