Enmudeció la augusta persona, quedándose con los ojos fijos en Cadalso, al cual un color se le iba y otro se le venía, y estaba silencioso, agobiado, sin poder mirar ni dejar de mirar á su interlocutor.
«Es preciso que te hagas cargo de las cosas—añadió por fin el Padre, accionando con la mano cuajada de sortijas.—¿Cómo quieres que yo coloque á tu abuelo si tú no estudias? Ya ves cuán abatido está el pobre señor, esperando como pan bendito su credencial. Se le puede ahogar con un cabello. Pues tú tienes la culpa, porque si estudiaras...»
Al oir esto, la congoja de Cadalsito fué tan grande, que creyó le apretaban la garganta con una soga y le estaban dando garrote. Quiso exhalar un suspiro y no pudo.
«Tú no eres tonto y comprenderás esto—agregó Dios.—Ponte tú en mi lugar; ponte tú en mi lugar, y verás que tengo razón».
Luis meditó sobre aquéllo. Su razón hubo de admitir el argumento creyéndolo de una lógica irrebatible. Era claro como el agua: mientras él no estudiase, ¡contro! ¿cómo habían de colocar á su abuelo? Parecióle esto la verdad misma, y las lágrimas se le saltaron. Intentó hablar, quizás prometer solemnemente que estudiaría, que trabajaría como una fiera, cuando se sintió cogido por el pescuezo.
—Hijo mío—le dijo Paca sacudiéndole,—no te duermas aquí, que te vas á enfriar.
Luis la miró aturdido, y en su retina se confundieron un momento las líneas de la visión con las del mundo real. Pronto se aclararon las imágenes, aunque no las ideas; vió el cuartel del Conde-Duque, y oyó el uno, dos, tres, cuatro, como si saliese de debajo de tierra. La visión, no obstante, permanecía estampada en su alma de una manera indeleble. No podía dudar de ella, recordando la mano ensortijada, la voz inefable del Padre y Autor de todas las cosas. Paca le hizo levantar y le llevó consigo. Después, quitándole del bolsillo los cacahuets que antes le diera, díjole: «No comas mucho de esto, que se te ensucia el estómago. Yo te los guardaré. Vámonos ya, que principia á caer relente...» Pero él tenía ganas de seguir durmiendo; su cerebro estaba embotado, como si acabase de pasar por un acceso de embriaguez; le temblaban las piernas, y sentía frío intensísimo en la espalda. Andando hacia su casa, le entraron dudas respecto á la autenticidad y naturaleza divina de la aparición. «¿Será Dios ó no será Dios?—pensaba.—Parece que es, porque lo sabe todito... Parece que no es, porque no tiene ángeles».
De vuelta del paseo, hizo compañía á sus buenos amigos. Mendizábal, concluída su tarea, y después de recoger los papeles y de limpiar las diligentes plumas, se dispuso á alumbrar la escalera. Paca limpió los cristales del farol, encendiendo dentro de él la lamparilla de petróleo. El secretario del público lo cogió entonces, y con ademán tan solemne como si alumbrara al Viático, fué á colgarlo en su sitio, entre el primero y segundo piso. En esto subía Villaamil, y se detuvo, como de costumbre, para echar un párrafo con el memorialista.
—Sea enhorabuena, D. Ramón—le dijo éste.
—Calle usted, hombre...—replicó Villaamil, afectando el humor que suele acompañar á un terrible dolor de muelas.—Si todavía no hay nada, ni lo habrá...