Insinuó esto con mucha dulzura, contemplando á su hijo, ya medio desnudo. Abelarda evitaba el mirarle. No así Luisito, que había clavado los ojos en su padre, como queriendo descifrar el sentido de sus palabras.

—¡Lástima yo de ti!—repuso al fin la insignificante con voz trémula.—¿De dónde sacas eso?... ¿Si pensarás que creo algo de lo que dices? Á otras engañarás, pero á la hija de mi madre...!

Y como Víctor empezase á replicarle con cierta vehemencia, Abelarda le mandó callar con un gesto expresivo. Temía que alguien viniese ó que Luis se enterase, y aquel gesto señaló una nueva etapa en el diálogo.

—No quiero saber nada—dijo, determinándose al fin á mirarle cara á cara.

—¿Pues á quién he de confiarme yo si no me confío á ti... la única persona que me comprende?

—Vete á la iglesia, arrodíllate ante el confesonario...

—La antorcha de la fe se me apagó hace tiempo. Estoy á obscuras—declaró Víctor mirando al chiquillo, ya con las manos cruzadas para empezar sus oraciones.

Y cuando el niño hubo terminado, Abelarda se volvió hacia el padre, diciéndole con emoción:—Eres muy malo, muy malo. Conviértete á Dios, encomiéndate á él, y...

—No creo en Dios—replicó Víctor con sequedad;—á á Dios se le ve soñando, y yo hace tiempo que desperté.

Luisito escondió su faz entre las almohadas, sintiendo un frío terrible, malestar grande y todos los síntomas precursores de aquel estado en que se le presentaba su misterioso amigo.