—No se puede decir más claro que tus manos no están muy limpias.
—No hay tal, no, señor (incorporándose y accionando con mucha energía); porque mediador entre el contribuyente y el Estado, debo impedir que ambos se devoren, y no quedarían más que los rabos si yo no los pusiera en paz. Yo formo parte de la entidad contribuyente, que es la Nación; yo formo parte del Estado, como funcionario. Con esta doble naturaleza, yo, mediador, tengo que asegurar mi vida para seguir impidiendo el choque mortal entre el contribuyente y el Estado...
—Ni te entiendo, ni te entenderá nadie (con gesto de ira y desprecio). El mismo de siempre. Con esas chuscadas de tu ingenio quieres ocultar tus trapisondas. ¿Pues sabes lo que te digo? que en mi casa no puedes estar.
—No se acalore mi querido suegro. Entre paréntesis, no he pretendido que me tengan aquí por mi linda cara. Pagaré mi pupilaje... Será por pocos días, porque en cuanto me asciendan...
—¡Ascenderte! ¿qué dices? (como si le hubiera picado un escorpión).
—¡Ay! ¿pues usted qué se creía? ¡Qué inocente! Siempre el mismo D. Ramón, la virginal doncella. Que le traigan tila. Ya... ¿qué creía usted? ¿que yo no soy de Dios y no debo ascender? ¿Sabe que llevo dos años de oficial primero y me corresponde el ascenso á Jefe de Negociado de tercera, por la ley de Cánovas? Y usted, que tan optimista es en lo propio y tan pesimista en lo ajeno, creerá que me voy á pasar la vida escribiendo cartas, espiando la sonrisa de un Director general ó quitándole motas á Cucúrbitas! No, señor mío, yo no voy al trapo rojo, sino al bulto.
—Sí, sí, lo que es a descarado no te gana nadie; y digo más... por lo mismo que no tienes vergüenza (lívido de ira y tragándose su propia amargura), consigues todo lo que quieres... El mundo es tuyo... Vengan ascensos, y ole morena.
—En cambio usted (con cruel sarcasmo), siga meciéndose en esos dulces éeextasis, siga creyendo que las mariposillas le traen la credencial, y despiértese todos los días diciendo: «hoy, hoy será», y lea La Correspondencia por las noches con la esperanza de ver su nombre en ella.
—Te repito de una vez para siempre (deseando tener á mano una botella, tintero ó palmatoria que tirarle á la cabeza), que yo no espero nada, ni pienso que me colocarán jamás. En cambio estoy convencido de que tú, tú, que acabas de defraudar al Tesoro, tendrás el premio de tu gracia, porque así es el mundo, y así está la cochina Administración... ¡Dios mío! ¡que viva yo para ver estas cosas! (levantándose y llevándose las manos á la cabeza).
—Lo que tiene usted que hacer (con cierta fatuidad) es aprender de mí.