Cadalsito, deteniéndose en la puerta de su casa, miró á su amigo con tristeza. El otro, arreándole un fuerte codazo, le dijo: «Yo no te llamo Miau, ¡contro!, no tengas cuidado que yo te llame Miau;» y partió á escape hacia Monserrat.
En el portal de la casa en que Cadalso habitaba, había un memorialista. El biombo ó bastidor, forrado de papel imitando jaspes de variadas vetas y colores, ocultaba el hueco del escritorio ó agencia donde asuntos de tanta monta se despachaban de continuo. La multiplicidad de ellos se declaraba en manuscrito cartel, que en la puerta de la casa colgaba. Tenía forma de índice, y decía de esta manera:
Casamientos.—Se andan los pasos de la Vicaría con prontitud y economía.
Doncellas.—Se proporcionan.
Mozos de comedor.—Se facilitan.
Cocineras.—Se procuran.
Profesor de acordeón.—Se recomienda.
Nota.—Hay escritorio reservado para señoras.
Abstraído en sus pensamientos, pasaba el buen Cadalso junto al biombo, cuando por el hueco que éste tenía hacia el interior del portal, salieron estas palabras: «Luisín, bobillo, estoy aquí». Acercóse el muchacho, y una mujerona muy grandona echó los brazos fuera del biombo para cogerle en ellos y acariciarlo: «¡Qué tontín! Pasas sin decirme nada. Aquí te tengo la merienda. Mendizábal fué á las diligencias. Estoy sola, cuidando la oficina, por si viene alguien. ¿Me harás compañía?»
La señora de Mendizábal era de tal corpulencia, que cuando estaba dentro del escritorio parecía que había entrado en él una vaca, acomodando los cuartos traseros en el banquillo y ocupando todo el espacio restante con el desmedido volumen de sus carnes delanteras. No tenía hijos, y se encariñaba con todos los chicos de la vecindad, singularmente con Luisito, merecedor de lástima y mimos por su dulzura humilde, y más que por esto por las hambres que en su casa pasaba, al decir de ella. Todos los días le reservaba una golosina para dársela al volver de la escuela. La de aquella tarde era un bollo (de los que llaman del Santo) que estaba puesto sobre la salbadera, y tenía muchas arenillas pegadas en la costra de azúcar. Pero Cadalsito no reparó en esto al hincarle su diente con gana. «Súbete ahora—le dijo la portera memorialista, mientras él devoraba el bollo con grajea de polvo de escribir;—súbete, cielo, no sea que tu abuela te riña; dejas los libritos, y bajas á hacerme compañía y á jugar con Canelo».