Una mañana, hallándose ya Luis limpio de calentura, entró su abuelo á visitarle. Parecióle al chico que Villaamil sufría en silencio una gran pena. Ya, antes de llegar el viejo, había oído Luis un run-run entre las Miaus, que le pareció de mal agüero. Se susurraba que no había sitio en la combinación. ¿Cómo se sabía? Cadalsito recordaba que por la mañana temprano, en el momento de despertar, había oído á doña Pura diciendo á su hermana: «Nada por ahora... Valiente mico nos han dado. Y no hay duda ya; me lo ha dicho Víctor, que lo averiguó anoche en el Ministerio».

Estas palabras, impresas en la mente del chiquillo, las relacionó luego con la cara de ajusticiado del abuelo cuando entró á verle. Luis, como niño, asociaba las ideas imperfectamente, pero las asociaba, poniendo siempre entre ellas afinidades extrañas sugeridas por su inocencia. Si no hubiera conocido á su abuelo como le conocía, le habría tenido miedo en aquella ocasión, porque en verdad su cara era cual la de los ogros que se zampan á las criaturas... «No le colocan», pensó Luisito, y al decirlo juntaba otras dos ideas en su mente aún turbada por la mal extinguida calentura. La dialéctica infantil es á voces de una precisión aterradora, y lo prueba esto razonamiento de Cadalsito: «Pues si no le quiere colocar, no sé por qué se enfada Dios conmigo y no me enseña la cara. Más bien debiera yo estar enfadado con él».

Villaamil se puso á dar paseos por la habitación, con las manos en los bolsillos. Nadie se atrevía á hablarle. Luis sintió entonces congojosa pena que le abatía el ánimo: «No le colocan—pensaba,—porque yo no estudio, ¡contro! porque no me sé las condenadas lecciones». Pero al punto la dialéctica infantil resurgió para acudir á la defensa del amor propio: «¿Pero cómo he de estudiar si estoy malo?... Que me ponga bueno él, y verá si estudio»»

Entró Víctor, que venía de la calle, y lo primero que hizo fué darle un abrazo á Villaamil, cortando sus pasos de fiera enjaulada. Doña Pura y Abelarda hallábanse presentes.

—No hay que abatirse ante la desgracia—dijo Víctor al hacer la demostración afectuosa, que Villaamil, por más señas, recibió de malísimo temple.—Los hombres de corazón, los hombres de fibra, tienen en sí mismos la fuerza necesaria para hacer frente á la adversidad... El Ministro ha faltado una vez más á su palabra, y han faltado también cuantos prometieron apoyarle á usted. Que Dios les perdone, y que sus conciencias negras les acusen con martirio horrible del mal que han hecho.

—Déjame, déjame—replicó Villaamil, que estaba como si le fueran á dar garrote.

—Bien sé que el varón fuerte no necesita consuelos de un hombre vulgar como yo. ¿Qué ha sucedido aquí? Lo natural, lo lógico en estas sociedades corrompidas por el favoritismo. ¿Qué ha pasado? Que al padre de familia, al hombre probo, al funcionario de mérito, envejecido en la Administración, al servidor leal del Estado que podría enseñar al Ministro la manera de salvar la Hacienda, se le posterga, se le desatiende y se le barre de las oficinas como si fuera polvo. Otra cosa me sorprendería; esto no. Pero hay más. Mientras se comete tal injusticia, los osados, los ineptos, los que no tienen conciencia ni título alguno, apandan la plaza en premio de su inutilidad. Contra esto no queda más recurso que retirarse al santuario de la conciencia y decir: «Bien. Me basta mi propia aprobación».

Víctor, al expresarse con tanta filosofía, miraba á doña Pura y á Abelarda, que estaban muy conmovidas y á dos dedos de llorar. Villaamil no decía palabra, y con la cara lívida y la mandíbula temblorosa había vuelto á sus paseos.

—Nada me sorprende—añadió Víctor, desbordándose en sacrosanta indignación.—Esto está tan podrido, que va á resultar la cosa más chocante del mundo: mientras á este hombre, que debiera ser Director general, lo menos, se le desatiende y se le manda á paseo, yo, que ni valgo nado, ni soy nada y tengo tan cortos servicios, yo... créanlo ustedes, yo, cuando esté más descuidado, me encontraré con el ascenso que he pedido. Así es el mundo, así es España y así nos vamos educando todos en el desprecio del Estado, y atizando en nuestra alma el rescoldo de las revoluciones. Al que merece, desengaños; al que no, confites. Esta es la lógica española. Todo al revés; el país de los viceversas... Y yo, que estoy tranquilo, que no me apuro, que no tengo tampoco necesidades, que desprecio la credencial y á quien me la ofrece, seré colocado, mientras el padre de familia, cargado de obligaciones, el que por su respetabilidad, por sus servicios, se hacía tan fundadamente la ilusión de que...

—Yo no me hacía ilusiones, ni ese es el camino—dijo bruscamente y con arrebato de ira don Ramón, elevando las manos hasta muy cerca del techo.—Yo no tuve nunca esperanzas... yo no creí que me colocasen, ni lo volveré á creer jamás. ¡Vaya, que es tema el de esta gente! Si yo no esperé nada... ¿Cómo se ha de decir? De veras parece que entre todos os proponéis freirme la sangre.