—Bueno, dame la carta para Cucúrbitas—dijo doña Pura, que acostumbrada á tales jeremíadas, las miraba como cosa natural y corriente.—Irá el niño volando á llevarla. Y ten confianza en la Providencia, hombre, como la tengo yo. No hay que amilanarse (con risueño optimismo). Me ha dado la corazonada... ya sabes tú que rara vez me equivoco... la corazonada de que en lo que resta de mes te colocan.

II

—¡Colocarme!—exclamó Villaamil poniendo toda su alma en una palabra. Sus manos, después de andar un rato por encima de la cabeza, cayeron desplomadas sobre los brazos del sillón. Cuando esto se verificó, ya doña Pura no estaba allí, pues había salido con la carta, y llamó desde la escalera á su nieto, que estaba en la portería.

Ya eran cerca de la seis cuando Luis salió con el encargo, no sin volver á hacer escala breve en el escritorio de los memorialistas. «Adiós, rico mío—le dijo Paca besándole.—Ve prontito para que vuelvas á la hora de comer. (Leyendo el sobre.) Pues digo... no es floja caminata, de aquí á la calle del Amor de Dios. ¿Sabes bien el camino? ¿No te perderás?»

¡Qué se había de perder, ¡contro!, si más de veinte veces había ido á la casa del señor de Cucúrbitas y á las de otros caballeros con recados verbales ó escritos! Era el mensajero de las terribles ansiedades, tristezas é impaciencias de su abuelo; era el que repartía por uno y otro distrito las solicitudes del infeliz cesante, implorando una recomendación ó un auxilio. Y en este oficio de peatón adquirió tan completo saber topográfico, que recorría todos los barrios de la Villa sin perderse; y aunque sabía ir á su destino por el camino más corto, empleaba comúnmente el más largo, por costumbre y vicio de paseante ó por instintos de observador, gustando mucho de examinar escaparates, de oir, sin perder sílaba, discursos de charlatanes que venden elixires ó hacen ejercicios de prestidigitación. Á lo mejor, topaba con un mono cabalgando sobre un perro ó manejando el molinillo de la chocolatera lo mismito que una persona natural; otras veces era un infeliz oso encadenado y flaco, ó italianos, turcos, moros falsificados que piden limosna haciendo cualquiera habilidad. También le entretenían los entierros muy lucidos, el riego de las calles, la tropa marchando con música, el ver subir la piedra sillar de un edificio en construcción, el Viático con muchas velas, los encuartes de los tranvías, el trasplantar árboles y cuantos accidentes ofrece la vía pública.

—Abrígate bien—le dijo Paca besándole otra vez y envolviéndole la bufanda en el cuello.—Ya podrían comprarte unos guantes de lana. Tienes las manos heladitas, y con sabañones, ¡Ah, cuánto mejor estarías con tu tía Quintina! ¡Vaya, un beso á Mendizábal, y hala! Canelo irá contigo.

De debajo de la mesa salió un perro de bonita cabeza, las patas cortas, la cola enroscada, el color como de barquillo, y echó á andar gozoso delante de Luis. Paca salió tras ellos á la puerta, les miró alejarse, y al volver á la estrecha oficina, se puso á hacer calceta, diciendo á su marido: «¡Pobre hijo! Me le traen todo el santo día hecho un carterito. El sablazo de esta tarde va contra el mismo sujeto de estos días. ¡La que le ha caído al buen señor! Te digo que estos Villaamiles son peores que la filoxera. Y de seguro que esta noche las tres lambionas se irán también de pindongueo al teatro y vendrán á las tantas de la noche.

—Ya no hay cristiandad en las familias—dijo Mendizábal grave y sentenciosamente.—Ya no hay más que suposición.

—Y que no deben nada en gracia de Dios (meneando con furor las agujas). El carnicero dice que ya no les fía más aunque le ahorquen; el frutero se ha plantado, y el del pan lo mismo... Pues si esas muñeconas supieran arreglarse y pusieran todos los días, si á mano viene, una cazuela de patatas... Pero, Dios nos libre... ¡Patatas ellas! ¡pobrecitas! El día que les cae algo, aunque sea de limosna, ya las tienes dándose la gran vida y echando la casa por la ventana. Eso sí, en arreglar los trapitos para suponer no hay quien les gane. La doña Pura se pasa toda la mañana de Dios enroscándose las greñas de la frente, y la doña Milagros le ha dado ya cuatro vueltas á la tela de aquella eternidad de vestido, color de mostaza para sinapismos. Pues digo, la antipática de la niña no para de echar medias suelas al sombrero, poniéndole cintas viejas, ó alguna pluma de gallina ó un clavo de cabeza dorada de los que sirven para colgar láminas.

—Suposición de suposiciones... Consecuencias funestas del materialismo—dijo Mendizábal, que solía repetir las frases del periódico á que estaba suscrito.—Ya no hay modestia, ya no hay sencillez de costumbres. ¿Qué se hizo de aquella pobreza honrada de nuestros padres, de aquella... (no recordando lo demás) de aquella, pues... como quien dice?...