—Yo quise creer, y creí—dijo.—Yo busqué un alivio en Dios, y lo encontré. ¿Quieres que te cuente cómo?
Víctor, que, sentado junto á la mesa, se oprimía la cabeza entre las manos, levantóse de pronto, diciendo con el tono y gesto de un consumado histrión:
—No hables: me atormentarías sin consolarme. Soy un réprobo, un condenado...
Estas frases de relumbrón, espigadas sin criterio en diferentes libros, las traía muy preparaditas para espetarlas en la primera ocasión. Apenas dichas, acordóse de que había quedado en juntarse en el café con varios amigos, y buscó la fórmula para cortar la hebra que su cuñada había empezado á tender entre boca y boca.
—Abelarda, necesito alejarme, porque si estoy aquí un minuto más... yo me conozco: te diré lo que no debo decirte... al menos todavía... Dame tu permiso para retirarme. Voy á dar vueltas por las calles, sin dirección fija, errante, calenturiento, pensando en lo que no puede ser para mí... al menos todavía...
Dió un suspiro, y hasta otra... Dejó á la insignificante confusa y con un palmo de morros, procurando desentrañar el significado de aquel al menos todavía, frase de risueños horizontes.
Por la noche, antes de comer, Víctor entró muy gozoso y dió un abrazo á su suegro, al cual no le hicieron gracia tales confianzas, y estuvo por decirle: «¿En qué pícaro bodegón hemos comido juntos?» No tardó el otro en explicar los móviles de su enhorabuena. Había estado en el Ministerio aquella tarde, y el Jefe del Personal le dijo que Villaamil iba en la primera hornada.
—¡Otra vez el mismo cuento!—exclamó don Ramón furioso.—¿De cuándo acá es permitido que te burles de mí?
—No es burla, hombre—manifestó doña Pura, alentada por dulces esperanzas.—Cuando él te lo dice es porque lo sabe.
—Créalo usted ó no lo crea, es verdad.