Abelarda, que se hacía la dormida para que no la molestase nadie, vió á Milagros acostando á Luisito, el cual no se durmió pronto aquella noche, sino que daba vueltas y más vueltas. Cuando ambos se quedaron solos, Abelarda le mandó estarse callado. No tenía ella ganas de jarana; era tarde y necesitaba descanso.

—Tiíta, no puedo dormirme. Cuéntame cuentos.

—Sí, para cuentos estoy yo. Déjame en paz ó verás...

Otras veces, al sentir á su sobrino desvelado, la insignificante, que le amaba entrañablemente, procuraba calmar su inquietud con afectuosas palabras; y si esto no era bastante, se iba á su cama, y arrullándole y agasajándole, conseguía que conciliara el sueño. Pero aquella noche, excitada y fuera de sí, sentía tremenda inquina contra el pobre muchacho; su voz la molestaba y hería, y por primera vez en su vida pensó de él lo siguiente: «¿Qué me importa á mí que duermas ó no, ni que estés bueno ni que estés malo, ni que te lleven los demonios?»

Luisito, hecho á ver á su tía muy cariñosa, no se resignaba á callar. Quería palique á todo trance, y con voz de mimo, dijo á su compañera de habitación:

—Tía, ¿viste tu por casualidad á Dios alguna vez?

—¿Qué hablas ahí, tonto?... Si no te callas, me levanto y...

—No te enfades... pues yo, ¿qué culpa tengo? Yo veo á Dios, lo veo cuando me da la gana; para que lo sepas... Pero esta noche no le veo más que los pies... los pies con mucha sangre, clavaditos y con un lazo blanco, como los del Cristo de las melenas que está en Monserrat... y me da mucho miedo. No quiero cerrar los ojos, porque... te diré... yo nunca le he visto los pies, sino la cara y las manos... y esto me pasa... ¿sabes por qué me pasa?... porque hice un pecado grande... porque le dije á mi papá una mentira, le dije que quería ir con la tía Quintina á su casa. Y fué mentira. Yo no quiero ir más que un ratito para ver los santos. Vivir con ella no. Porque irme con ella y dejaros á vosotros es pecado, ¿verdad?

—Cállate, cállate, que no estoy yo para oir tus sandeces... ¿Pues no dice que ve á Dios el muy borrico?... Sí, ahí está Dios para que tú le veas, bobo...

Abelarda oyó al poco rato los sollozos de Cadalsito, y en vez de piedad, sintió, ¡cosa más rara!, una antipatía tal contra su sobrino, que mejor pudiera llamarse odio sañudo. El tal mocoso era un necio, un farsante que embaucaba á la familia con aquellas simplezas de ver á Dios y de querer hacerse curita; un hipócrita, un embustero, un mátalas-callando... y feo, y enclenque, y consentido además...