—Ramón—dijo Pantoja en afectuoso tono, llamándolo desde su asiento.—Ramón... pero Ramón... ¿qué es eso?

Y por fin el amigo, dando otro suspirazo como quien despierta de un sueño, se levantó y fué hacia la mesa con paso claudicante.

—Pero no te pongas así—le dijo D. Ventura quitando legajos de la silla próxima para que el otro se sentara.—Pareces un chiquillo. En todas las oficinas hablan de ti, como de una persona que empieza á pasearse por los cerros de Úbeda... Es preciso que te moderes, y sobre todo (amoscándose un poco), es preciso que cuando se hable de planes de Hacienda y de la confección de los nuevos Presupuestos, no salgas con la patochada del income tax... Eso está muy bueno para artículos de periódico (con desprecio), ó para soltarlo en la mesa del café, delante de cuatro tontos perdularios, de esos que arreglan con saliva el presupuesto de un país y no pagan al sastre ni á la patrona. Tú eres hombre serio y no puedes sostener que nuestro sistema tributario, fruto de la experiencia...

Levantóse Villaamil como si en la silla hubiera surgido agudísimo punzón, y este movimiento brusco cortó la frase de Pantoja, que sin dada iba á rematarla en estilo administrativo, más propio de la Gaceta que de humana boca. Quedóse el buen Jefe de sección archipasmado al ver que la faz de su amigo expresaba frenética ira, que la mandíbula le temblaba, que los ojos despedían fuego; y subió de punto el pasmo al oir estas airadas expresiones:

—Pues yo te sostengo... sí, por encima de la cabeza de Cristo lo sostengo... que mantener el actual sistema es de jumentos rutinarios... y digo más, de chanchulleros y tramposos... Porque se necesita tener un dedo de telarañas en los sesos para no reconocer y proclamar que el income tax, impuesto sobre la renta ó como quiera llamársele, es lo único racional y filosófico en el orden contributivo... y digo más: digo que todos los que me oyen son un atajo de ignorantes, empezando por ti, y que sois la calamidad, la polilla, la ruina de esta casa y la filoxera del país, pues le estáis royendo y devorando la cepa, majaderos mil veces. Y esto se lo digo al Ministro si me apura, porque yo no quiero credenciales, ni colocación, ni derechos pasivos, ni nada; no quiero más que la verdad por delante, la buena administración, y conciliar... compaginar... armonizar (golpeando los dos dedos índices uno contra otro) los intereses del Estado con los del contribuyente. Y el mastuerzo, canalla, que diga que yo quiero destinos, se verá conmigo de hombre á hombre, aquí ó en mitad de la calle, junto al Dos de Mayo, ó en la pradera del Canal, á media noche, sin testigos... (dando terribles gritos, que atrajeron á los empleados de la oficina inmediata). Claro, me toman por un mandria porque no me conocen, porque no me han visto defendiendo la ley y la justicia contra los infames que en esta casa la atropellan. Yo no vengo aquí á mendigar una cochina credencial que desprecio; yo me paso por las narices á toda la casa, y á vosotros, y al Director, y al Jefe del Personal, y al Ministro; ¡yo no pido más que orden, moralidad, economía...!

Revolvió los ojos á una parte y otra, y viéndose rodeado de tantas caras, alzó los brazos como si exhortara á una muchedumbre sediciosa, y lanzó un alarido salvaje gritando: «¡Vivan los presupuestos nivelados!»

Salió de la oficina, arrastrando la capa y dando traspiés. El buen Pantoja, rascándose con el gorro, le siguió con mirada compasiva, mostrando sincera aflicción. «Señores—dijo á los suyos y á los extraños, agrupados allí por la curiosidad,—pidamos á Dios por nuestro pobre amigo, que ha perdido la razón».

XXXV

No eran las once de la mañana del día siguiente, día último de mes, por más señas, cuando Villaamil subía con trabajo la escalera encajonada del Ministerio, parándose á cada tres ó cuatro peldaños para tomar aliento. Al llegar á la entrada de la Secretaría, los porteros, que la tarde anterior le habían visto salir en aquella actitud lamentable que referida está, se maravillaron de verle tan pacífico, en su habitual modestia y dulzura, como hombre incapaz de decir una palabra más alta que otra. Desconfiaban, no obstante, de esta mansedumbre, y cuando el buen hombre se sentó en el banco, duro y ancho como de iglesia, y arrimó los pies al brasero próximo, el portero más joven se acercó y le dijo:

—Don Ramón, ¿para qué viene por aquí? Estése en su casa y cuídese, que tiempo tiene de rodar por estos barrios.