—¡B'nina!—repitió el ciego con emoción infantil, que se revelaba en un raudal de lágrimas, y en el temblor de manos y pies—. Tú vinir cielo.
—No, hijo, no—replicó la buena mujer, llegando por fin junto a él, y dándole palmetazos en el hombro—. No vengo del cielo, sino que subo de la tierra por estos maldecidos peñascales. ¡Vaya una idea que te ha dado, pobre morito! Dime: ¿y es tu tierra así?».
No contestó Mordejai a esta pregunta; callaron ambos. El ciego la palpaba con su mano trémula, como queriendo verla por el tacto.
«He venido—dijo al fin la mendiga—porque me pensé, un suponer, que estarías muerto de hambre.
—Mí no comier...
—¿Haces penitencia? Podías haberte puesto en mejor sitio...
—Este micor... monte bunito.
—¡Vaya un monte! ¿Y cómo llamas a esto?
—Monte Sinaí... Mí estar Sinaí.
—Donde tú estás es en Babia.