—Es mi obligación, señora...—repuso el clérigo un tanto sorprendido—, y nada tiene usted que agradecerme.
—Y dígame ahora, por Dios—agregó la señora, con tanto miedo de oír una mala noticia, que apenas hablar podía—; dígamelo pronto. ¿Qué ha sido de mi pobre Nina?».
Sonó este nombre en el oído del buen sacerdote como el de una perrita que a la señora se le había perdido.
«¿No parece?...—le dijo por decir algo.
—¿Pero usted no sabe...? ¡Ay, ay! Es que ha ocurrido una desgracia, y quiere ocultármelo, por caridad».
Prorrumpió en acerbo llanto la infeliz dama, y el clérigo permanecía perplejo y mudo. «Señora, por piedad, no se aflija usted... Será, o no será lo que usted supone.
—¡Nina, Nina de mi alma!
—¿Es persona de su familia, de su intimidad? Explíqueme...
—Si el Sr. D. Romualdo no quiere decirme la verdad por no aumentar mi tribulación, yo se lo agradezco infinito... Pero vale más saber... ¿O es que quiere darme la noticia poquito a poco, para que me impresione menos?...
—Señora mía—dijo el sacerdote con impaciente franqueza, ávido de aclarar las cosas—. Yo no le traigo a usted noticias buenas ni malas de la persona por quien llora, ni sé qué persona es esa, ni en qué se funda usted para creer que yo...