—¿Yo?... no sé... no puedo pensar... Me falta la inteligencia, me falta la memoria, me falta el juicio, me falta Nina.
—A mí también me falta algo... No sé discurrir.
—¿Nos habremos vuelto tontos o locos?...
—Lo que yo digo: ¿por qué nos niega D. Romualdo que su sobrina se llama Patros, que le proponen para Obispo, y que le regalaron un conejo?
—Lo del conejo no lo negó... dispense usted. Dijo que no se acordaba.
—Es verdad... ¿Y si ahora, el D. Romualdo que acabamos de ver nos resultase un ser figurado, una creación de la hechicería o de las artes infernales... vamos, que se nos evaporara y convirtiera en humo, resultando todo una ilusión, una sombra, un desvarío?...
—¡Señora, por la Virgen Santísima!
—¿Y si no volviese más?
—¡Si no volviese!... ¡Que no vuelve, que no nos entregará la... los...!».
Al decir esto, la cara fláccida y desmayada del buen Frasquito expresaba un terror trágico. Se pasó la mano por los ojos, y lanzando un graznido, cayó en el sillón con un accidente cerebral, semejante al de la noche lúgubre, entre las calles de Irlandeses y Mediodía Grande.