—No hay nadie que me fíe ya. No doy un paso sin encontrar una mala cara.
—Señor Carlos llamar ti mañana.
—Mañana está muy lejos, y yo necesito el duro hoy, y pronto, Almudena, pronto. Cada minuto que pasa es una mano que me aprieta más el dogal que tengo en la garganta.
—No llorar, amri. Tú ser buena migo; yo arremediando ti... Veslo ahora.
—¿Qué se te ocurre? Dímelo pronto.
—Yo peinar ropa.
—¿El traje que compraste en el Rastro? ¿Y cuánto crees que te darán?
—Dos piesetas y media.
—Yo haré por sacar tres. ¿Y lo demás?
—Vamos a casa migo—dijo Almudena levantándose con resolución.