«Dirnos, dirnos—replicó Almudena cogiéndola del brazo.
—¿A dónde?—dijo Nina con aturdimiento—. ¡Ah! lo primero a casa de D. Romualdo».
Y al pronunciar este nombre se quedó un instante lela, enteramente idiota.
—«R'maldo mentira—declaró el ciego.
—Sí, sí, invención mía fue. El que ha llevado tantas riquezas a la señora será otro, algún D. Romualdo de pega... hechura del demonio... No, no, el de pega es el mío... No sé, no sé. Vámonos, Almudena. Pensemos en que tú estás malo, que necesitas pasar la noche bien abrigadito. La señá Juliana, que es la que ahora corta el queso en la casa de mi señora, y todo lo suministra... en buen hora sea... me ha dado este duro. Te llevaré a los palacios de Bernarda, y mañana veremos.
—Mañana, dir nosotros Hierusalaim.
—¿A dónde has dicho? ¿A Jerusalén? ¿Y dónde está eso? ¡Vaya, que querer llevarme a ese punto, como si fuera, un suponer, Jetafe o Carabanchel de Abajo!
—Luejos, luejos... tú casar migo y ser tigo migo uno. Dirnos Marsella por caminos pidiendo... En Marsella vapora... pim, pam... Jaffa... ¡Hierusalaim!... Casarnos por arreligión tuya, por arreligión mía... quierer tú... Veder tú sepolcro; entrar tú S'nagoga rezar Adonai...
—Espérate, hijo, ten un poco de calma, y no me marees con las invenciones de tu cabeza deliriosa. Lo primero es que te pongas bueno.
—Mí estar bueno... mí no c'lentura ya... mí contentada. Tú viener migo siempre, por mondo grande, caminas mochas, libertanza, mar, terra, legría mocha...