Disimulando su asco, por no lastimar a la infeliz pareja, Juliana dijo a Nina: «¡Pues no le ha caído a usted mala incumbencia con este tipo! Mire que esa sarna se pega. Buena se va usted a poner, sí señora; buena, bonita y barata... O es usted más boba que el que asó la manteca, o no sé lo que es usted».

Con miradas no más expresó Nina su lástima del pobre ciego, su decisión de no abandonarle, y su conformidad con todas las calamidades que quisiera enviarle Dios. Y en esto, Antonio Zapata, que a su casa volvía, vio a su mujer en el grupo; llegose a ella presuroso, y enterado de lo que hablaban, aconsejó a Benina que llevara al moro a la consulta de enfermedades dermatológicas en San Juan de Dios.

«Más cuenta le tiene—afirmó Juliana—mandarle para su tierra.

Luejos, luejos—dijo Almudena—. Dir nos Hierusalaim.

—No está mal. 'De Madrid a Jerusalén, o la familia del tío Maroma...'. Bueno, bueno. A otra cosa, mujercita mía, no pegues y escucha. No he podido hacer tus encargos, porque... te digo que no pegues.

—Porque te has ido al billar, granuja... Sube, sube, y ajustaremos cuentas.

—No subo porque tengo que volver a los carros de pateta.

—¿Qué dices, granuja?

—Que no va el carro grande por menos de cuarenta reales, y como me mandaste que no pasase de treinta...

—Tendré yo que verlo. Estos hombres no sirven mas que de estorbo, ¿verdad, Nina?