Con palabra nerviosa, afluente y un tanto hiperbólica, aseguró la chulita que no tenía salud; que padecía de unos males extraños, incomprensibles. Pero los llevaba con paciencia, sin cuidarse para nada de su propia persona. Lo que la inquietaba, lo que hacía de su existencia un atroz suplicio, era la idea de que enfermaran sus niños. No era idea, no era temor: era seguridad de que Paquito y Antoñito caían malos... se morían sin remedio.
Trató Benina de quitarle de la cabeza tales ideas; pero la otra no se dio a partido, y despidiéndose presurosa, tomó la vuelta de Madrid. Grande fue la sorpresa de la anciana y del moro al verla aparecer a la mañana siguiente muy temprano, agitada, trémula, echando lumbre por los ojos. El diálogo fue breve, y de mucha substancia o miga psicológica.
«¿Qué te pasa, Juliana?—le preguntó Nina tuteándola por primera vez.
—¿Qué me ha de pasar? ¡Que los niños se me mueren!
—¡Ay, Dios mío, qué pena! ¿Están malitos?
—Sí... digo, no: están buenos. Pero a mí me atormenta la idea de que se mueren... ¡Ay, Nina de mi alma, no puedo echar esta idea de mí! No hago más que llorar y llorar... Ya lo ve usted...
—Ya lo veo, sí. Pero si es una idea, haz por quitártela de la cabeza, mujer.
—A eso vengo, señá Benina, porque desde anoche se me ha metido en la cabeza otra idea: que usted, usted sola, me puede curar.
—¿Cómo?
—Diciéndome que no debo creer que se mueren los niños... mandándome que no lo crea.