—Eso no—respondió Benina—, que tiempo hay para todo, y yo no puedo faltar de aquí. Ellos son gente buena, y se hacen cargo...
—Bien se les conoce. Yo le pido al Señor que les premie el buen trato que te dan, y mi mayor alegría hoy sería saber que a D. Romualdo me le hacían obispo.
—Pues ya suena el run run de que van a proponerle; sí, señora, obispo de no sé qué punto, allá en las islas de Filipinas.
—¿Tan lejos? No, eso no. Por acá tienen que dejarle para que haga mucho bien.
—Lo mismo piensa la Patros, ¿sabe? la mayor de las sobrinas.
—¿Esa que me has dicho tiene el pelo entrecano y bizca un poco?
—No; esa es la otra.
—Ya, ya... Patros es la que tartamudea, y padece de temblores.
—Esa. Pues dice que a dónde van ellas por esos mares de tan lejos... No, no; más vale simple cura por aquí, que arzobispo allá, donde, según dicen, son las doce del día cuando aquí tenemos las doce de la noche.
—En los antípodas.