—Entonces será la señora—apuntó la Diega, señalando no sin cierta impertinencia a la pobre Benina, que no chistaba.

—¿Yo?... ¡Jesús me valga! Yo no soy ninguna tarascona que anda por los caminos».

Contó Almudena que desde Fez había ido a la Argelia; que vivió de limosna en Tlemcén primero, después en Constantina y Orán; que en este punto se embarcó para Marsella, y recorrió toda Francia, Lyon, Dijon, París, que es mu grande, con tantos olivares y buenos pisos de calle, todo como la palma de la mano. Después de subirse hasta un pueblo que le llaman Lila, volviose a Marsella y a Cette, donde se embarcó para Valencia.

«Y en Valencia encontraste a la Nicolasa, con quien veniste por badajes, que vos daban los aiuntamientos, con dos riales de tapa—dijo la Petra—, y de Madrid vos fuisteis a los Portugales, y tres años te duró el contento, camastrón, hasta que la golfa se te fue con otro.

—Tú no saber.

—Que cuente la historia de Nicolasa y cómo a él le cogieron en Madrid para llevarle a San Bernardino, y ella fue al espital; y estando él una noche durmiendo, se le aparecieron dos mujeres del otro mundo, verbigracia, ánimas, para decirle que la Nicolasa hablaba en el espital con uno que le iban a dar de alta...

—No ser eso, no ser eso: cállate tú.

—Otro día nos lo contará—indicó Benina, que, aunque gustaba de oír aquellos entretenidos relatos, no quería detenerse más, recordando sus apremiantes quehaceres.

—Espérese, señora: ¿qué prisa tiene?—le dijo la Diega—. ¿A dónde irá usted que más valga?

—Otro día contar más—indicó el ciego sonriendo—. Mí ver mundo mocha.