—Ya, ya sé...—dijo Obdulia, haciendo gala de entender de linajes—. Eran hijas de la Montijo.

—Cabal, que vivía en la plazuela del Ángel, en aquel gran palacio que hace esquina a la plaza donde hay tantos pajaritos... mansión de hadas... yo estuve una noche... me presentaron Paco Ustáriz y Manolo Prieto, compañeros míos de oficina... Pues sí, yo era un buen jinete, y créame, algo queda.

—Hará usted una figura arrogantísima...

—¡Oh! no tanto.

—¿Por qué es usted tan modesto? Yo lo veo así, y suelo ver las cosas bien claras. Todo lo que yo veo es verdad.

—Sí; pero...

—No me contradiga usted, Ponte, no me contradiga en esto ni en nada.

—Acato humildemente sus aseveraciones—dijo Frasquito humillándose—. Siempre hice lo mismo con todas las damas a quienes he tratado, que han sido muchas, Obdulia, pero muchas...

—Eso bien se ve. No conozco otra persona que se le iguale en la finura del trato. Francamente, es usted el prototipo de la elegancia... de la...

—¡Por Dios!...».