—¿Para qué le quiere, señá Benina?

—Hija, te pregunto por saber de él, si está con salud.

—Se defiende. La herida se le abre cuando menos lo piensa.

—Vaya por Dios... Dime otra cosa...

—Mándeme.

—Quiero saber si has recogido en tu casa a un caballero que le llaman Frasquito Ponte, y si le tienes aquí todavía, porque me dijeron que anoche se puso muy malo».

Por toda respuesta, la Pitusa mandó a Benina que la siguiera, y ambas, agachándose, se escurrieron por el agujero que hacía las veces de puerta entre los estantillos del mostrador. De la otra parte arrancaba una escalera estrechísima, por la cual subieron una tras otra.

«Es una persona decente, como quien dice, personaje—añadía Benina, segura ya de encontrar allí al infortunado caballero.

—De la grandeza. Vele aquí a dónde vienen a parar los títulos».

Por un pasillo mal oliente y sucio llegaron a una cocina, donde no se guisaba. Fogón y vasares servían de depósito de botellas vacías, cajas deshechas, sillas rotas y montones de trapos. En el suelo, sobre un jergón mísero, yacía cuan largo era D. Francisco Ponte, en mangas de camisa, inmóvil, la fisonomía descompuesta. Dos mujeronas, de rodillas a un lado y otro, la una con un vaso de agua y vino, la otra atizándole friegas, le hablaban a gritos: «Vuelva en sí... ¿Qué demonios le pasa?... Eso no es más que maulería. ¿No quiere beber más?».