«Pero, Nina de mi alma, ¿has pensado bien en la carga que nos hemos echado encima?... Tú que no puedes, llévame a cuestas, como dijo el otro. ¿Te parece que estamos nosotras para meternos a protectoras de nadie?... Pero acaba de contarme: ¿fue D. Romualdo bendito quien...?
—Sí, señora, Rumaldo...—respondió la anciana, que en su aturdimiento no se había preparado para el embuste.
—¡Bendito, mil veces bendito señor!
—Ella... Teresa Conejo.
—¿Qué dices, mujer?
—Digo que... ¿Pero usted no se entera de lo que hablo?
—Has dicho que... ¿Por ventura es cazador D. Romualdo?
—¿Cazador?
—Como has dicho no sé qué de un conejo.
—Él no caza; pero le regalan... qué sé yo... tantas cosas... la perdiz, el conejo de campo... Pues esta tarde...