—Y el tal D. Pedro José, que es uno de los primeros ricachos de la Serranía...

—Pero dígame: ¿es soñado lo que me cuenta o es verdad?

—Espérate, mujer. Venían esos dos señores, D. Francisco y D. José María, médico el uno, el otro secretario del Ayuntamiento... pues venían a decirme que el García de los Antrines, tío carnal de mi Antonio, les había nombrado testamentarios...

—Ya...

—Y que... la cosa es clara... como no tenía el tal sucesión directa, nombraba herederos...

—¿A quién?

—Ten calma, mujer... Pues dejaba la mitad de sus bienes a mis hijos Obdulia y Antoñito, y la otra mitad a Frasquito Ponte. ¿Qué te parece?

—Que a ese bendito señor debían de hacerle santo.

—Dijéronme D. Francisco y D. José María que hace días andaban buscándome para darme conocimiento de la herencia, y que preguntando aquí y acullá, al fin averiguaron las señas de esta casa... ¿por quién dirás? por el sacerdote D. Romualdo, propuesto ya para obispo, el cual les dijo también que yo había recogido al señor de Ponte... 'De modo—me dijeron echándose a reír—, que al venir a ofrecer a usted nuestros respetos, señora mía, matamos dos pájaros de un tiro'.

—Pero vamos a cuentas: todo eso es, como quien dice, soñado.