—Sí, sí... amri... ¡Haber pegado ti!... ¿Doler ti mocha?
—¡Ya lo creo que me escuece!
—Yo malo... yorando mí días mochas, poique pegar ti... Amri, perdoñar tú mí...
—Sí... perdonado... Pero no me fío.
—Tomar tú palo—le dijo alargándoselo—Venir qui... cabe mí. Coger palo y dar mí fuerte, hasta que matar tú mí.
—No me fío, no.
—Tomar tú este cochilo—añadió el africano sacando del bolso interior del chaquetón una herramienta cortante—. Mercarlo yo pa pegar ti... Matar tú mí con él, quitar vida mí. Mordejai no quierer vida... muerte sí, muerte...».
Como quien no hace nada, Benina se apoderó de las dos armas, palo y cuchillo, y arrimándose ya sin temor alguno al desdichado ciego, le puso la mano en el hombro. «Me has partido algún hueso, porque me duele mocha—le dijo—. A ver dónde me curo yo ahora... No, hueso roto no hay; pero me has levantado unos morcillones como mi cabeza, y el árnica que gaste yo esta tarde tú me la tienes que abonar.
—Dar yo ti... vida... Perdoñar mí... Yorar yo meses mochas, si tú no perdoñando mí... Estar loco... yo quierer ti... Si tú no quierer mí, Almudena matar si él sigo.
—Bueno va. Pero tú has tomado algún maleficio. ¡Vaya, que salir ahora con ese cuento de enamorarte de mí! ¿Pero tú no sabes que soy una vieja, y que si me vieras te caerías para atrás del miedo que te daba?