Así hablábamos cuando regresó Salmón a nuestro lado, y al punto cortó el hilo de nuestro coloquio, diciendo:

—Gran satisfacción, señora mía, me ha causado la noticia que en este momento acabo de oír de los autorizados labios de mi señora la Marquesa. La paz sea en esta casa, señora, y pues todo parece en camino de arreglo, bendigamos la mano de Dios.

—¿Habla Su Paternidad del asunto de mi prima? —dijo Amaranta—. Sí, ya creo que la tenemos en vías de curación.

—Veo que el ingeniosísimo recurso ideado por el gran entendimiento de vuestra merced, ha surtido su efecto. ¿Y cómo recibió la noticia? ¿Se turbó, derramó muchas lágrimas...? Porque en realidad, señora, decirle de buenas a primeras que el joven ese...

Y Salmón se detuvo como hombre prudente, temiendo hablar de negocio tan delicado delante de un extraño.

—Puede Vuestra Paternidad hablar sin reticencias —dijo Amaranta con un tonillo que me pareció algo intencionado—, porque no estando en antecedentes la única persona que nos oye, poco importa...

—Pues preguntaba, señora, si cuando se le dijo y se le probó la muerte de ese joven, no mostró su pena de un modo ruidoso, con desmayos, gritos, lloros y demás desahogos propios de la debilidad femenina.

—Nada de eso, Padre —repuso Amaranta con muestras de satisfacción—. Al principio no lo quería creer; luego, cuando se le probó de un modo irrecusable, con los papelotes que trajo el licenciado Lobo, pareció dudarlo, y, por último, cuando yo se lo dije, aparentando sentirlo y doliéndome mucho de la muerte de ese infeliz, empezó a creerlo. Lo que más la ha convencido, fue el artificio verdaderamente teatral que puse en práctica para hacérselo creer. Estaban todos hablándole de este asunto, cuando entré de improviso, fingiendo mucho enojo porque sin preparación alguna le daban tan tristes noticias; arranqué de las manos de Lobo aquellos papeluchos, que fingían ser partidas de defunción, copias del libro del hospital o no sé qué, y los hice pedazos delante de ella. Al mismo tiempo empecé a disponer que se dieran cordiales y otros remedios del caso, asegurando que tenía ella mucha razón en sentir la muerte de aquel con quien tuvo tan honesta amistad. Esto hizo efecto, y después, cuando encerradas las dos en mi alcoba la dije: «Sosiégate: todavía puede ser que se salve. Yo te prometo que si vive, le verás, y quién sabe, primita mía... Puede ser, puede ser...» ella se afligió mucho, y yo añadí: «Es preciso tener resignación; es preciso aprender a padecer. Yo no quiero contrariar ya una inclinación tan decidida, porque antes que todo es tu felicidad. Desgraciadamente, Dios quiere resolver la cuestión de otro modo y llamar a ese joven a su seno. Esta mañana he estado en el hospital, le he visto, y la verdad... había pocas o ningunas esperanzas.» Y con esto aumentaba su tristeza, pero sin llantos ni exclamaciones. Luego yo también me puse a llorar, y la abracé y la di mil besos, diciéndole: «Ya ves cómo no está en mi mano hacerte feliz. Te aseguro que por mi parte no repararía en nada para conseguirlo; pero Dios lo ha dispuesto de otro modo. Procura calmarte y ten resignación.» Cuando esto le dije, la dejé convencida. ¡Ay! Después su aspecto era el de la resignación. Hablaba poco y parecía meditar. Se ha desmejorado mucho en pocos días; pero esto se le pasará indudablemente. Ahora ha ido al Pardo, pues la variación de localidad es muy buen remedio para estas enfermedades del espíritu. Su manía caprichosa y ciega nos ha disgustado mucho; pero me parece que dentro de algún tiempo estará todo concluido.

—¡Oh! ¡Qué felicidad! —exclamó Salmón—. Hay un gran médico del dolor, que se llama el doctor Tiempo. Perdida con la idea de la muerte la esperanza, ese señor médico hace maravillas en un par de semanas.

Yo oía este diálogo, y admiraba la extremada habilidad artística de aquella encantadora cortesana, tan maestra en engaños y ficciones.